Publicidad

Los perfiles de Londoño: Messi, o las grietas del espacio-tiempo

Durante once segundos, el fútbol dejó de ser un juego de veintidós personas. Fue un hombre contra el espacio, y el espacio perdió.

AME3482. BUENOS AIRES (ARGENTINA), 06/10/2026.- Lionel Messi de Argentina saluda este martes, previo a un partido amistoso internacional entre Argentina y Benín en el estadio Monumental, en Buenos Aires (Argentina). Parece la previa de una final de Mundial: bombos, banderas gigantes y miles de camisetas con el 10 en la espalda. Pero la marea albiceleste que llega este martes al Monumental lo hace con una profunda tristeza, para presenciar un partido que nunca quiso ver: la despedida de Messi. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni
Lionel Messi saluda  en el previo al partido amistoso internacional entre Argentina y Benín en el estadio Monumental, en Buenos Aires, donde el astro se despidió de la Selección Nacional. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni
Lionel Messi saluda en el previo al partido amistoso internacional entre Argentina y Benín en el estadio Monumental, en Buenos Aires, donde el astro se despidió de la Selección Nacional. EFE/ Juan Ignacio Roncoroni
Foto: EFE - Juan Ignacio Roncoroni

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Lionel Messi nació en Rosario en 1987, cuando el fútbol argentino producía ídolos que hablaban como políticos, actuaban como revolucionarios y terminaban viviendo como emperadores. Messi salió distinto. No parece un caudillo, no tiene vocación de tribuno y siempre parece incómodo con esa obligación absurda de opinar sobre lo divino y lo humano que les endilgamos a los futbolistas famosos.

Su biografía comienza con una desventaja: era muy bajito. A los nueve años medía 1,27 metros y su glándula pituitaria producía muy poca somatotropina, la hormona responsable del crecimiento de los huesos, de los músculos y de otros tejidos durante la infancia y la adolescencia. El diagnóstico era una amenaza seria para un niño que solo quería jugar fútbol. El tratamiento costaba alrededor de mil dólares mensuales y la familia no tenía como costearlo. El endocrinólogo Diego Schwarzstein, que lo atendió en Rosario, recordaría después que el muchacho tenía una sola preocupación: quería crecer para jugar. La frase tiene algo de fábula. No quería crecer para ser alto, ni para gustarles a las muchachas, ni para imponerse a sus compañeros. Quería crecer para jugar. La naturaleza le había puesto una condición y el muchacho decidió discutirla con la pelota.

Messi jugaba en las inferiores de Newell’s. Allí lo llamaban «La Pulga», una burla cariñosa que terminó convertida en marca planetaria. Era pequeño, pero no frágil. En las canchas de Rosario aprendió algo que después sería decisivo: el cuerpo puede ser una desventaja si se lo compara con la talla estándar pero puede convertirse en ventaja si se lo utiliza de otra manera. Su bajo centro de gravedad le permitía Messi vencer la inercia, cambiar la dirección de la carrera de manera súbita sin perder el equilibrio. Parecía caer y no caía. Se inclinaba hacia un lado y salía por el otro. Los defensores, que eran más altos, más fuertes y e incluso más rápidos, tenían que perseguir a un jugador cuya principal virtud consistía precisamente en burlar la lógica del perseguidor. ¡Y de la física!

A los trece años se marchó a Barcelona. La escena contiene una crueldad que suele olvidarse: fue un niño que tuvo que dejar Rosario, sus amigos, su escuela y su mundo porque un club europeo podía pagar las inyecciones que necesita para crecer. El Barça le ofreció fútbol y tratamiento. La familia aceptó y comenzó una de las transformaciones más extraordinarias de la historia del deporte. El niño que necesitaba ayuda para crecer terminó potenciando a uno de los clubes más grandes del mundo. A un país: buena parte del poderío del futbol español actual se debe a la influencia de la llave Messi-Guardiola, que implantó en el estilo español conceptos como la presión alta, las triangulaciones rápidas (el tiki-taka) y la creatividad en espacios reducidos. El bloque joven de España, futbolistas determinantes como Pedri, Gavi, Dani Olmo, Pau Cubarsí o Eric García pasaron por las inferiores del Barcelona e incluso entrenaron, siendo apenas unos críos, con Messi.

Le puede interesar

Hay futbolistas que dominan una habilidad. Messi parece haber descubierto las fisuras de las leyes físicas. Se mueve como si descubriera grietas invisibles en el espacio-tiempo, como si pasara de una dimensión a otra por los famosos «agujeros» de la física moderna. La pelota se comporta como una extensión de su pie. El regate de Messi cortocircuita las neuronas de los mejores marcadores del mundo. Los defensas esperan una maniobra. Messi inventa otra. Esperan velocidad. Messi frena. Esperan que frene y enganche. Messi acelera. En el instante en que el defensor decide qué hacer, Messi ya está haciendo otra cosa.

El 18 de abril de 2007 ocurrió uno de esos sucesos que el fútbol produce muy pocas veces. Barcelona jugaba contra el Getafe en el Camp Nou, por las semifinales de la Copa del Rey. Xavi Hernández había puesto al Barça en ventaja. En el minuto 28 recibió Messi la pelota de Xavi, todavía en campo propio. Aquí comienza la película. Messi avanzó y se encontró con Nacho. No lo atropelló: lo esquivó. Después apareció Paredes. Otro recorte. Otro defensor fuera de escena. Messi siguió corriendo con la pelota pegada al pie izquierdo, como si la llevara dentro del cuerpo. En el borde del área aparecieron Alexis y Belenguer, dos hombres que pensaron que aquella carrera tenía remedio. No lo tenía. Messi quebró a Alexis, luego a Belenguer y entró al área. El arquero Luis García salió a cerrarle el camino. Messi amagó hacia un lado, lo dejó pasar y, ya sin portero, aunque todavía con Cortés intentando tapar el remate, cruzó la pelota con la derecha. Gol. ¡Golazo! Vea el gol aquí:

Habían pasado once segundos. Había recorrido 62 metros. Había dejado atrás a cinco jugadores. El Camp Nou se levantó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. La comparación con Maradona fue inmediata porque veintiún años antes Diego había marcado contra Inglaterra, en México, un gol que parecía irrepetible. Messi acababa de hacer algo idéntico: arrancar desde atrás, superar a cinco rivales y terminar la jugada driblando al arquero. Las dos carreras duraron casi lo mismo: 11 segundos la de Maradona y 11,6 la de Messi. Ambos dejaron atrás a cinco adversarios. Ambos parecían hechizados, pero había una diferencia: veintiún años atrás había más espacio, se corría mucho menos, la distancia entre los marcadores era más amplia.

Messi fue creciendo y el Barcelona cambió con él. Con Pep Guardiola cuajó un equipo que parecía un mecanismo de precisión. Xavi Hernández administraba los tiempos. Andrés Iniesta encontraba espacios donde no los había. Sergio Busquets parecía jugar con un segundo de anticipación. Dani Alves abría la banda. Samuel Eto’o aportaba profundidad, verticalidad. Y Messi estaba en todas partes. No era exactamente delantero. Tampoco mediocampista. No tenía un territorio fijo porque su territorio era el lugar donde estuviera la pelota. Guardiola tuvo la inteligencia de no corregir esa anomalía: la convirtió en parte del sistema. El famoso «falso nueve» fue, en realidad, una concesión a la naturaleza de Messi: si el hombre no cabe en una posición, que sea la posición la que desaparezca. Entonces el fútbol se volvió geometría. Xavi tocaba. Iniesta devolvía. Busquets limpiaba. Messi aparecía. Y aparecía siempre donde más daño podía hacer. Era imposible detenerlo. Marcaba con la izquierda, con la derecha, de tiro libre, después de recorrer medio campo, entrando por el centro o desde la banda. Pero lo extraordinario no era la cantidad de goles. Era la variedad de las soluciones. Messi no repetía una jugada. Repetía una idea. La idea era sencilla: encontrar el espacio que los demás no habían visto. O inventarlo.

Hay una discusión que no cesa: ¿Messi es mejor que Maradona? Quizá no es una discusión sobre fútbol sino sobre la nostalgia. Maradona tiene un plus: además de genio, era personaje, era malevo. Era D10S y gamín, y el público amaba ese centauro, como la «torcida» brasilera amó más a Garrincha, más humano, más mortal que Pelé. Maradona hablaba, gritaba, se equivocaba en público, amaba y odiaba en público, abrazaba las revoluciones, insultaba presidentes y convertía cada aparición suya en una puesta en escena.

El primero tenía algo de tragedia griega. El segundo, de teorema.

Diego jugaba como si quisiera conquistar el mundo. Messi jugaba como si quisiera escapar de él. Por eso fue tan difícil para los argentinos aceptarlo durante mucho tiempo. La selección argentina no perdonaba que su nuevo ídolo no fuera Maradoniano. Messi salía de la cancha y desaparecía. No parecía interesado en convertirse en conciencia nacional. Se le reprochó incluso que no cantaba el himno nacional con pasión. Era una de esas discusiones que dicen más del país que del jugador.

Pero yo sí creo que Messi es el más grande de la historia. Maradona y Pelé trazaron páginas tan brillantes como las de Messi, pero Messi las trazó cuando el futbol era un juego más difícil, cuando los espacios se redujeron de manera dramática. Cuando Maradona hace su famoso gol contra Inglaterra, los rivales aparecían cada diez metros. Ahora puede haber, en los últimos 20 metros, dos marcadores encima del delantero, escalonándolo, respirándole en la nuca. Antes un jugador corría 8 km en un partido. Hoy corre 11 kilómetros. Hoy hay más jugadores, o el campo se encogió.

Con el Barça, Messi lo ganó todo pero la selección nacional fue una pesadilla. Perdió la final del Mundial de 2014 ante Alemania. Messi recibió la copa del subcampeón como una bofetada. Como si fuera la medalla de consolación para el último del torneo. Perdió las Copas América de 2015 y 2016. Entonces flaqueó. Se sintió fatal, ave de mal agüero y anunció su retiro de la selección.

Después regresó. Era el destino de casi todos los cracs argentinos: ganar muchísimo en Europa y ser juzgados por lo que no habían ganado con la Selección Argentina. Hasta que llegó Qatar. En 2022 Messi ganó el Mundial. Argentina le ganó en los penales a Francia luego de un vibrante 3-3 en los 120 minutos del partido. Entonces sucedió algo curioso: todos los reproches quedaron sin trabajo. El argentino que no era suficientemente argentino se convirtió en campeón del mundo. El jugador al que le faltaba carácter levantó la Copa. El muchacho que durante años había parecido distante, incluso autista, un diagnóstico que nunca ha sido confirmado, terminó idolatrado por los argentinos. Y por el mundo de ese Dios redondo, para usar la imagen de Juan Villoro.

La copa mundo del 2026 pudo ser el broche de oro mundialista de Messi, pero Argentina llegó con un equipo al que le pesaban los años: edad promedio 29 años. El otro pero fue España: La actuación de España, especialmente en los dos últimos partidos, fue magistral. Borró del campo a dos rivales tan temibles como Francia y Argentina. Ante España, Francia lució como un equipo de la B. Aunque hombre por hombre Francia era más fuerte (Mbappé, Olise, Dembelé, Salibá…) como equipo España fue muy superior. El partido España – Argentina fue tan desigual que el partido resultó soso, una final aburridísima, una «herradura» que se jugó casi todo el tiempo en territorio argentino. Baste, para resumir el partido, este dato: Argentina no hizo ningún tiro al arco en los 120 minutos de juego.

Publicidad

En fútbol, como en política, lo mejor es evitar las canonizaciones. El fútbol produce «santos» con una facilidad sospechosa. Messi no es un santo. Es un competidor feroz. Reclama, protesta, exagera algún contacto, presiona a los árbitros. En momentos de tensión puede ser áspero. También ha tenido conflictos fiscales y protagonizado fuera de la cancha episodios non sanctos que forman parte de la biografía real. Y está su silencio político… Las inevitables fotos con Trump, con Infantino y con otros personajes impresentables. Gajes del oficio. Pero es justo aclarar que también ha sido víctima de la desinformación. Se ha repetido mucho, por ejemplo, que Messi fue indiferente al dolor de las Madres de la Plaza de Mayo, y que nunca quiso apoyarlas. Es falso. En 2014 participó con Javier Mascherano y Ezequiel Lavezzi en una campaña de las Madres (ya abuelas) de la Plaza de Mayo destinada a encontrar los niños y las niñas secuestrados durante «la última dictadura» (1976 – 1983). Messi marchó con las madres sosteniendo el cartel «Resolvé tu identidad ahora» y participó en el spot conmovedor, «Hace diez Mundiales que te estamos buscando». Eso no convierte a Messi en militante político. Tampoco permite atribuirle una sensibilidad especial por la causa de los derechos humanos. Simplemente demuestra que aquella afirmación sobre su negativa a apoyar a las Madres no se sostiene. Lo interesante está en otra parte. Messi ha elegido no convertirse en intelectual, dirigente o moralista. No tiene la pretensión de decirnos cómo debemos vivir. Quizá sea prudencia. Quizá timidez. Quizá indiferencia. No lo sabemos. Pero esa distancia forma parte del personaje.

También alrededor de Messi han aparecido sospechas de otra clase: ayudas arbitrales, conspiraciones, decisiones favorables, supuestas trampas. El fútbol moderno produce estas historias con la misma facilidad con que antes producía santos. Cuando un equipo gana demasiado, alguien tiene que explicar la anomalía. Si no encuentra una explicación futbolística, inventa una conspiración. Messi y Argentina no han escapado a esa enfermedad. Ha habido decisiones arbitrales discutibles, naturalmente. Las habrá siempre. El VAR no ha acabado con la polémica: la ha vuelto más sofisticada. Ahora podemos discutir durante veinte minutos, o veinte días, el significado de una imagen congelada. Pero una decisión polémica no demuestra una conspiración. Y una conspiración no puede deducirse del hecho de que un equipo haya ganado. Es necesario separar la sospecha de la prueba. Messi puede ser un jugador pícaro. Puede haber buscado una falta que no existía. Puede haber exagerado un contacto. Puede haber protestado cuando sabía que la jugada era dudosa. Eso es fútbol. Otra cosa sería afirmar que manipuló árbitros o competiciones. Para eso hacen falta pruebas, no intuiciones. La leyenda negra necesita documentos tanto como la leyenda dorada.

Publicidad

Yo sí creo que la Fifa mete la mano. Ella vive del espectáculo y las estrellas del fútbol son el alma del show. La Fifa siempre quiere una final llena de estrellas, sí, pero reducir la Argentina o a Messi al producto de una conspiración de marketing es una reducción tonta.

Quizá la mayor rareza de Messi sea que su grandeza no depende de su personalidad. En otros grandes futbolistas resulta difícil separar al hombre del personaje. Pelé fue Pelé incluso cuando no jugaba. Maradona era Maradona incluso cuando estaba sentado en una conferencia de prensa. Cristiano Ronaldo convirtió su propio cuerpo en una especie de monumento. Messi, en cambio, parece querer reducirse. Habla poco. Celebra poco. No explica demasiado. Y cuando termina el partido vuelve a ser casi anónimo. Hay algo profundamente moderno en eso: un hombre que posee una de las imágenes más reconocibles del planeta intenta vivir como si no tuviera que explicarla. Quizá por eso su fútbol tiene una pureza rara. Cuando corre no parece representar una marca, un país, una ideología ni siquiera una personalidad. Corre porque hay una pelota, y porque delante hay un espacio que se curva por la gravitación de su genialidad.

Publicidad

El niño que necesitaba hormonas para crecer terminó midiendo 1,70 metros. No es alto. Nunca lo fue. Pero durante años pareció más grande que todos. Es una de esas bromas que el cuerpo le juega a la historia. La naturaleza quiso hacerlo pequeño y el fútbol descubrió que esa pequeñez era precisamente su ventaja: su centro de gravedad bajo, sus piernas cortas, su manera de inclinar el cuerpo, su aceleración, su capacidad para detenerse y arrancar. Todo aquello que podía parecer una carencia terminó formando una anatomía perfecta para el regate. La vida, que suele repartir las cartas sin consultar al jugador, le dio unas malas y una extraordinaria: el talento. Él supo jugarla.

Ahora que el final de su carrera se acerca, resulta tentador convertirlo en monumento. No lo hagamos todavía. Dejemos al hombre con sus silencios, sus errores, sus pequeñas mezquindades, sus silencios políticos, sus polémicas, sus derrotas y sus triunfos. Dejemos también al jugador. Porque allí está lo verdaderamente extraordinario. Hay futbolistas que hacen cosas difíciles. Messi hizo que lo difícil pareciera sencillo. Eso es más raro.

Publicidad

Cuando Xavi le pasó aquella pelota en el Camp Nou, en abril de 2007, Messi no pensó en Maradona. No pensó en la posteridad. No pensó en que millones de personas repetirían aquella jugada durante décadas. Vio un espacio. Después vio a Nacho. Lo dejó atrás. Vio a Paredes. Lo dejó atrás. Aparecieron Alexis y Belenguer. También quedaron atrás. Luis García salió del arco. Messi lo engañó. Cortés intentó cubrir el remate. La pelota entró. Once segundos. Sesentidós metros. Cinco rivales. Un muchacho de veinte años y una pelota pegada a sus pies a una velocidad de vértigo.

Tal vez el talento consista en eso: no en hacer cosas que los demás no pueden hacer, sino en hacerlas con una naturalidad que raya en la elegancia, que parece simple, como cuando Messi recibió de Xavi y durante once segundos el fútbol dejó de ser un juego de veintidós hombres. Fue un hombre contra el espacio, y el espacio perdió.

Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Lo que es tendencia

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido