Reinere de los Ángeles Jaramillo Chaverra a diario revisa miles de documentos judiciales, preside audiencias y escribe fallos. En los tiempos libres, que son escasos porque su trabajo en la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) es arduo, viaja a Medellín para cuidar a su madre, juega parqués con sus sobrinos y cuenta historias como lo hacía su padre.
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Tiene una risa amplia, que rompe el silencio de su oficina, ubicada en el décimo piso de un edificio que está sobre la carrera séptima con calle 63 en Bogotá. Fue en ese lugar donde ella escribió una sentencia que se convirtió en la primera de esa justicia transicional en condenar a 20 años de cárcel a un coronel del Ejército por 72 ejecuciones extrajudiciales.
Reina, como la llaman quienes la quieren, creció en un barrio de la comuna siete de Medellín, que sus padres ayudaron a construir a pico y pala. Su vida es una continuidad de ires y venires que, sin quererlo, la llevaron a la cúpula de la justicia. Fue árbitra de microfútbol en los años de la violencia del narcotráfico. Se hizo abogada en Bogotá, trabajando de día y estudiando de noche. Fue alcaldesa local en una ciudad distinta a la suya y defensora pública en la región del Rionegro (Cundinamarca).
Ese camino la llevó a ser magistrada de la Sección de Ausencia de Reconocimiento de Verdad de la JEP, un órgano del Tribunal Especial para la Paz, donde se resuelven los expedientes de máximos responsables de crímenes de guerra y de lesa humanidad que se acogen a la justicia transicional, pero no aceptan su rol en el conflicto armado.
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Reina, la estudiosa
La magistrada Reinere Jaramillo no guarda fotos de su infancia. La más antigua que tiene es de su primera comunión y asegura que no le gusta porque fue tomada dos años después, aprovechando al fotógrafo y el vestido que usó una de sus hermanas menores. Nació el 28 de octubre de 1966 en Medellín. Es la hija del medio en una familia de diez hermanos.
Los mayores nacieron en San Roque, un pueblo al nordeste de Antioquia del cual sus padres, José de Jesús Jaramillo y María Teresa de Jesús Chaverra, salieron desplazados en los años 60. Creció en Robledo Aures, un barrio del cordón perimetral de Medellín que, para entonces, no tenía casas, calles y mucho menos servicios básicos. “Era un morro, un peladero”, recuerda la magistrada.
Su padre consiguió empleo como obrero de la Compañía Colombiana de Tejidos (Coltejer) y era el presidente de la Junta de Acción Comunal de su barrio. Trabajaba entre semana y los fines de semana ayudaba con la construcción de las primeras obras para la comunidad: la escuela y la capilla. Fue en esa pequeña institución en la que Reinere Jaramillo y sus hermanos estudiaron.
Cuando llegó la hora de hacer el bachillerato, encontró un colegio en el barrio Castilla hasta donde caminaba durante una hora para tomar clases. “El estudio, la educación, es lo único que nos salva”, señala la magistrada recordando la importancia de haber sido la primera persona de su familia en graduarse como bachiller.
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Ninguno de sus hermanos logró graduarse. Pero Reinere Jaramillo se obsesionó con estudiar y, cuando terminó el colegio, entró a estudiar Sociología. “Mi hermana mayor, que la quiero mucho, trabajaba y solo le alcanzaba para comprar un par de zapatos cada año. Pero los compraba para que primero me sirvieran a mí para ir a la universidad”, cuenta la magistrada. Al mismo tiempo, junto a sus hermanos, organizaba partidos de fútbol en los barrios de su comuna y se convirtió en árbitra de microfútbol.
“Lo hacíamos para ocupar a los jóvenes en ese contexto violento. Eran los años 80, una época muy dura en Medellín, que yo recuerdo con mucha tristeza. Todo el mundo hablaba de Pablo Escobar; los barrios pobres eran a donde iban a reclutar y a llevarse a los jóvenes y a las muchachas bonitas. Yo me salvé por ser fea”, dice la magistrada. Esta época es lo único que no la hace soltar una carcajada.
Aunque terminó la carrera de Sociología, Reina nunca recibió su título. Nelson Campo Núñez, un líder de la Unión Patriótica que fue congresista, la conoció trabajando en Urabá y la invitó a trabajar con él en Bogotá. Ella aceptó y llegó a la capital. Cuando terminaba su jornada como su secretaria en el Congreso, salía para la Universidad Autónoma de Colombia, donde empezó a estudiar Derecho.
Para Ivonne Navarro Jaramillo, sobrina de la magistrada, ella es el orgullo de la familia. “Mi tía logró estudiar, tener posgrados y ser de total admiración para nosotros. Pero valoro mucho que todas las posiciones que ha tenido han sido por mérito”, expresó. En su concepto, solo una palabra define bien a su tía: valentía.
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“El estudio, la educación, es lo único que nos salva”.
Magistrada Reinere Jaramillo Chaverra
De cara a la guerra
De forma simultánea, Reinere Jaramillo cumplía cuatro roles: trabajaba en el Congreso, estudiaba Derecho, seguía pitando partidos de microfútbol en Bogotá y criaba a su primer hijo. “Es la mujer con más fuerza que hay en mi familia. Todos sentimos mucha admiración por ella. Es un ejemplo. Diría mi abuelito: ‘Reina es la de mostrar”’, señaló su sobrina Ivonne.
Haciendo malabares, se graduó como abogada en 1995 y supo entonces que debía dejar atrás la tarjeta roja y el silbato, que le generaban un ingreso extra los fines de semana, y las llamadas telefónicas y las agendas en el Capitolio. Era momento de hacer lo que realmente le gustaba: defender los derechos de quienes estaban de manos atadas ante el sistema de justicia.
En 1996 llegó a la Defensoría del Pueblo. Su misión era representar judicialmente, como defensora de oficio, a quienes no tenían cómo pagar un abogado de confianza. Le asignaron la provincia de Rionegro (Cundinamarca), un punto del mapa en el que se une ese departamento con Caldas y Boyacá. Estaba conformada por ocho municipios en los que los paramilitares se campeaban a su antojo: El Peñón, La Palma, Pacho, Paime, San Cayetano, Topaipí, Villagómez y Yacopí.
Allá el miedo se le atravesó a mitad del camino y deseó, por primera vez en su vida, no haber hecho bien su trabajo como abogada. Era un expediente en el que seis jóvenes campesinos fueron acusados falsamente de ser guerrilleros de las Farc. Los muchachos fueron a la cárcel y, seis meses después, salieron libres.
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Reina los defendió hasta que logró probar que fueron víctimas de un montaje. “Muchachos, por favor, no vuelvan a ese pueblo. Me preocupa que les pase algo”, les dijo la abogada Jaramillo. “No, doctora, usted tranquila. El que nada debe, nada teme”, le respondieron. Una semana después, cuando la entonces defensora pública regresó a la comunidad, se encontró de frente con la barbarie.
Los jóvenes fueron asesinados la noche anterior y los responsables dejaron sus cuerpos abandonados en la carretera. “Tenían un letrero gigante. Decía: ‘Bonita su labor, señorita defensora. Sígala haciendo que así le siguen quedando’”, recordó la magistrada. “Ese día dije: ‘Yo los debería haber dejado en la cárcel. Si no hubiera sido buena abogada, ellos no estarían muertos. Ese día deseé ser la peor abogada”.
La jurista Constanza Ramírez fue una de las personas que conoció de cerca a Reinere Jaramillo en sus dos períodos de trabajo en la Defensoría del Pueblo, de 1996 a 2002 y del 2006 al 2008. “Era una defensora supremamente aguerrida y apasionada. Introducía de verdad la defensa de los derechos humanos al proceso penal”, expresó.
Incluso, se convirtió en una voz de referencia a la que otros defensores llamaban para pedirle consejos cuando tenían casos difíciles. Hoy, dice la abogada Ramírez, la magistrada es coherente con lo que hace más de dos décadas hacía. “Porque la conozco desde hace 26 años, puedo decir que sigue en lo mismo: defender al ser humano, la vida, los derechos y la dignidad de las personas”, expresó.
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“Siempre hago una reflexión desde antes de llegar: no te puedes creer Dios. Hay jueces en nuestro país que en las altas cortes y en muchos lados se creen dioses; que no caminan, sino que levitan. No puedes perder la humanidad. No puedes perder la capacidad de sentir, de vibrar”.
Magistrada Reinere Jaramillo Chaverra
La profe y la alcaldesa
Diana Cubillos, abogada egresada de la Universidad Autónoma de Colombia, tiene vivo el recuerdo de la primera vez que interactuó con Reinere Jaramillo. Fue en una clase de Derecho de las Víctimas, en 2009. La profesora Reina llegó al salón y saludó a la clase: “Buenas noches a todas”. Ese saludo en femenino, para una clase en la que la mayoría no eran mujeres, fue como un golpe para muchos que la miraron con extrañeza.
Sin lugar a reacciones, les preguntó por qué no se sentían identificados dentro del sujeto “todas” y qué les hacía pensar que las mujeres sí se tienen que sentir identificadas cuando las incluyen dentro de la categoría “todos”. Diana Cubillos solo tuvo una reacción. “Esta mujer es impresionante”, dijo.
Esa clase fue el inicio de una relación entre maestra y estudiante que se ha prolongado a través de los años. Cubillos la recuerda como una docente rigurosa y exigente: “Nos formó el carácter y la disciplina”. Dejaba lecturas obligatorias y otras sugeridas, para abrir la discusión en sus clases. Cuando percibía que pocos habían revisado los textos, soltaba la frase más temida por todos: “Saquen una hoja, vamos a hacer quiz”.
Quince años después de esa primera clase, Diana Cubillos sigue viendo con admiración el trabajo de la hoy magistrada: “Cuando salió la sentencia contra el exmilitar Publio Mejía, me quité el sombrero. Su empatía muestra que los jueces no son intocables y que son capaces de entender el sufrimiento de las víctimas”.
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Ser docente universitaria no era el único trabajo de Reinere Jaramillo por esos años. Entre 2005 y 2016 trabajó en la misma universidad de la cual se graduó y, de forma simultánea, se desempeñó como alcaldesa local de Sumapaz, entre 2008 y 2012. Un cargo del que recogía aprendizajes que luego ponía en las discusiones de clase y que la obligó a retomar, sin que ella lo quisiera, el silbato y las tarjetas.
“Un día le dije a los militares: ‘Me desocupan la cancha que vamos a hacer el torneo por la paz con las 28 veredas’”, recuerda la magistrada. No era una petición para nada usual, sobre todo porque en esos momentos, el páramo de Sumapaz, como lo detalló la Comisión de la Verdad, era un terreno de disputa entre el Estado y las Farc, porque representaba la puerta de entrada de la insurgencia a Bogotá.
Los uniformados, que ya tenían militarizada buena parte de la localidad, se alejaron y los equipos de las veredas se tomaron la cancha. Con botas de caucho, la alcaldesa estaba lista para jugar. Pero los árbitros no llegaron. Reinere Jaramillo no tuvo problema: pidió las tarjetas y dos balones que levantó para saber cuál tenía el aire mejor calibrado.
Escogió uno y dio el pitazo inicial, ante la sorpresa de su comunidad que no tenía ni idea de que su alcaldesa, hacía 30, había sobrevivido pitando partidos en Medellín. Ese fue el último partido en el que corrió como jueza. Pero, para ella, que no se considera futbolera, hay algo que es claro en el deporte y en la vida: “Me gustan los equipos que juegan bien. No me gusta el que no juega limpio”.
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“El miedo es una palabra que han instrumentalizado todo el tiempo. Siempre dije que no quería tener miedo, porque eso paraliza. Yo veía la parálisis en los muertos porque los he tenido que levantar. Entonces decía: ‘No, yo muerta no quiero estar’. No quiero sentir miedo, no quiero estar paralizada”.
Magistrada Reinere Jaramillo Chaverra
Reinere, la magistrada
Reinere Jaramillo, empecinada en el estudio, siguió sumando a su hoja de vida. Hizo dos maestrías, una en Derecho Internacional Humanitario y Derechos Humanos y otra en Investigación Social, pero nunca dejó de trabajar como profesora en Bogotá. El cansancio de décadas de trabajo sin tregua la alcanzó en 2016, cuando decidió retirarse y regresar a Medellín con su esposo.
Pero en el camino de ese descanso merecido, se le atravesó la creación de un tribunal especial para dejar atrás décadas de guerra que ella conoció en carne propia. La idea de hacer parte de los jueces que conformarían esa instancia de justicia, creada tras la firma del Acuerdo de Paz entre el gobierno Santos y las Farc, le sonó. En 2017, su sobrina Ivonne Navarro Jaramillo le ayudó a hacer la postulación.
“Ella llegó a mi casa y me dijo: ‘Mijita, yo no tengo ni idea de cómo hacer un formulario digital’”; recuerda con gracia su sobrina, quien en ese momento entendió realmente la grandeza de Reina. “Siempre la he admirado mucho, pero cuando le ayudé a postularse, me enteré del tamaño del trabajo que mi tía había hecho durante toda su vida”, agrega.
Con una trayectoria de más de dos décadas en Derecho Penal y la defensa de los derechos humanos, el 15 de enero de 2018 recibió la toga y se convirtió en jueza de la República como magistrada de la JEP. Le asignaron una oficina blanca, que fue llenando con plantas, libros, fotos y su característica risa a carcajadas.
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Los funcionarios de su despacho la describen como una mujer metódica, organizada y clara a la hora de dar indicaciones y directrices. Tiene una colección de cuadernos escolares, con forros en tela de colores que ella misma manda a fabricar para ella y para su equipo. Toma nota a mano de cada cosa que sucede durante las audiencias y las reuniones, para no perder nada de vista.
Cuando alguien olvida alguno de sus requerimientos, se acerca a su escritorio y con ágil precisión ubica el cuaderno y la página en la cual dejó consignado el tema del que estaban hablando. “Tiene un temperamento fuerte, pero una nobleza infinita. Eso es necesario en ámbitos que son tan masculinos como el mundo judicial”, dijo una persona de su despacho.
Por sus manos pasó el expediente de Publio Hernán Mejía Gutiérrez, un coronel en retiro del Ejército condenado en diciembre de 2025 por su responsabilidad en 72 casos de ejecuciones extrajudiciales cometidos entre 2002 y 2004, cuando fue comandante del Batallón La Popa, en Valledupar (Cesar).
“Esta decisión contribuye a derrotar la narrativa de los negacionismos sobre las ejecuciones extrajudiciales. En esta sentencia se constató que las víctimas, cuando denunciaron los hechos ante las autoridades, sí tenían razón”, dijo la magistrada durante la lectura de la sentencia. Ahora avanza en el juicio adversarial contra el también coronel retirado David Herley Guzmán, por ejecuciones extrajudiciales en Antioquia.
“El día de la condena de Publio Mejía sentí una profunda tristeza, porque esto no le tuvo que haber pasado al país. Pero también sentí tranquilidad de considerar que, con mis colegas, habíamos hecho un trabajo riguroso, serio”.
Magistrada Reinere Jaramillo Chaverra
El magistrado Raúl Sánchez, uno de sus compañeros de sección, la describe como “una gran persona, amable y humana. Buena compañera de trabajo, una profesional competente, capaz, estudiosa y rigurosa”. Es de carácter fuerte, reconoce el magistrado; pero siempre solucionan las discusiones con un abrazo.
Para la magistrada, ese abrazo que se da con sus seres queridos, con sus compañeros y con las víctimas cuando se baja del estrado judicial y se permite llorar con ellas, es lo más valioso de su trabajo. Dice que le alegra ver la luz del día y, pese a que sobre su escritorio aún hay miles de folios sobre la guerra en Colombia que debe resolver, solo hay una cosa que le preocupa: “Despertar cada día para ser una jueza justa y hacer las cosas bien”.
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