Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

La debilidad como arma

Entre la vieja dureza y la debilidad de estos tiempos hubo unos cuantos años de por medio, miles de bombardeos de amores y sensiblerías desde los medios de comunicación, un sinfín de mensajes en las redes sociales en busca de una aprobación que sólo era virtual, pasajera, falsa e intangible, y haber crecido entre adultos que creyeron que formar era regalar, ir a protestar a la escuela cada vez que el niño perdía una materia, decirle todos los días que era el más lindo y el más inteligente de los seres del universo y ajustar así cuentas consigo mismos y con sus deudas.

Entre aquella dureza y esta debilidad hubo un reguero de aparatos tecnológicos que cada vez hicieron más individual al individuo, más aislado al solitario, apartándolo del resto por siempre y para siempre, midiéndolo, vendiéndole falsas tablas de éxito y equiparándolo a los otros entre millones de tutoriales y de instrucciones que le dijeron cómo hacer las cosas, cómo hablar, cómo vestirse, cómo amar y hasta cómo odiar.

Entre la dureza de antes y la debilidad de hoy hubo una multiplicación de referentes, profesores y manuales salidos de idénticas fuentes, que formaron idénticos alumnos, todos amaestrados para reaccionar a la voz del amo, que era la voz del dinero, del triunfo, de la competencia, la viveza y la zancadilla. Entre la casi extinta dureza de otros tiempos y la imparable debilidad de estos, hubo mensajes difundidos segundo a segundo que trastocaron los derechos y la libertad de cada quien, por las exigencias, el supuesto merecimiento de todas las cosas y el libertinaje, y en esa transformación, por esa transformación, en lugar de tomar, de buscar, de descubrir, nos limitamos a esperar y a recibir por el simple hecho de haber nacido.

Entre la antigua dureza y la presente debilidad, hubo un sistema que se encargó de contaminar el hacer por hacer, el hacer por pasión, con premios de todos los colores para el niño, para el joven, para el adulto, la mujer, el perro, el gato, el viejo, la vida, el esfuerzo, el prodigio.

Entre la olvidada dureza de ayer y la omnipresente y omnifutura debilidad de estos días, hubo un sinfín de doctores, psicólogos, psiquiatras y demás que convirtieron en absoluto los pequeños trastornos, y con diagnósticos encumbraron a la categoría de enfermedad, con su consecuente victimismo, aquello que era esencial para crear, para luchar, para vivir, es decir, lo que prohibieron llamar locura. Entre la vetusta dureza de los antepasados y la novísima debilidad de los contemporáneos, se colaron miles de miles de abogados, políticos, diplomáticos y leguleyos que se dedicaron a prohibir lo que no les convenía, lo que a alguien no le gustaba, lo que reñía con lo políticamente correcto decidido por ellos, y de prohibición en prohibición nos llevaron a un totalitarismo del que nadie se atreve a hablar, so pena de castigo.

Y entre la a veces temeraria dureza de otras épocas, y la supuestamente dulce debilidad de estas, yo me quedo pensando que en realidad, esa tanta debilidad solo es un disfraz, una máscara, un arma con la que los débiles pretenden conseguir lo que quieren, pasando por encima de quien quieran. 

 

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