Por: Juan Gabriel Vásquez

A los idiotas nunca les gusta Hemingway

Llevo todo el año tratando de combatir mis impulsos naturales: tratando, en otras palabras, de no escribir sobre Ernest Hemingway.

Como quizás lo sabrán ustedes, el pasado 2 de julio se cumplieron 50 años del día en que Hemingway bajó al sótano de su casa, agarró una escopeta Boss de dos cañones y una caja de balas, volvió al salón, cargó la escopeta y apoyó la culata en el suelo y luego apoyó la frente en los cañones. El día mismo de su suicidio, uno de sus miles de admiradores, un joven escritor caribeño, llegaba a Ciudad de México con veinte dólares en los bolsillos y una cantidad de proyectos para el futuro, y quedó tan impresionado con la noticia que escribió de inmediato una de las celebraciones más legítimas que habrá recibido, vivo o muerto, el viejo Hemingway. El escritor era, por supuesto, García Márquez, que no hubiera podido escribir El coronel no tiene quien le escriba sin las lecciones aprendidas de El viejo y el mar; el artículo llevaba por título una mentira más verdadera que todas las verdades: “Un hombre ha muerto de muerte natural”. Yo acabo de volver a leerlo; ahora me doy cuenta de cosas que había olvidado o no había notado, y encontrarme con ellas ha sido una sorpresa.

No hablo de las varias oportunidades en que García Márquez se deja llevar por la ficción o la poesía, o por la poesía de la ficción, donde otro hubiera tratado de atenerse a los hechos. No me refiero a los 62 años que García Márquez le achaca a Hemingway, cuando la verdad es que al momento del suicidio le faltaban 19 días para cumplirlos; tampoco puede reprochársele a García Márquez que le parezca mejor, o más acorde con sus mitos privados, imaginar que Hemingway se suicida en su habitación con una escopeta de matar tigres, cuando la verdad es que lo hizo en el vestíbulo con una escopeta de matar palomas. No, no me refiero a esas minucias para cazagazapos profesionales, sino a un par de frases que García Márquez suelta como con descuido o reticencia. “En contraste con el dolor sincero de los boxeadores, se ha destacado en estos días la incertidumbre de los críticos literarios”, escribe, no sin humor, García Márquez. “La pregunta central es hasta qué punto fue Hemingway un grande escritor”. Y más abajo: “El tiempo demostrará también que Hemingway, como escritor menor, se comerá a muchos escritores grandes”.

Y no sé a ustedes, pero a mí el simple cuestionamiento de la estatura de Hemingway, sobre todo viniendo de uno de sus aprendices más afortunados, es suficiente para darme escalofríos. Hoy sabemos que la obra de Hemingway —de sus primeras dos novelas a su largo historial como cuentista maestro— tiene un lugar de mando en la literatura del siglo XX, a pesar de todo lo que pueda cuestionársele. En La velocidad de la luz, la novela de Javier Cercas, un hombre llamado Rodney Falk tiene una discusión sobre Hemingway con un hombre llamado Javier Cercas. “Mucha gente ha escrito mejores novelas que Hemingway”, le dice. “Pero nadie ha escrito mejores cuentos que Hemingway y nadie es capaz de superar una página de Hemingway. Además, si te fijas bien es muy útil como detector de idiotas: a los idiotas nunca les gusta Hemingway”. La frase no es cierta de una forma literal, claro, sino de una forma poética. Pero hay que leer a Hemingway para saber por qué.

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