Poco antes de las 5:00 p. m. del domingo 2 de octubre de hace 10 años, el país ya sabía el veredicto de las urnas. En ese momento, pese a la movilización publicitaria y digital en favor del “sí”, se ratificó que el electorado colombiano le decía “no” a lo que en su momento se denominó “Plebiscito sobre el Acuerdo de Paz de Colombia 2016”. Una cita a urnas que confirmó el grado de polarización política que se incrementó en torno al desarme de las Farc.
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Una década después, la división y la confrontación ideológica se mantienen álgidas. Quienes en su momento lideraron la campaña que al final se impuso por una mínima diferencia ejercen actualmente el poder e, incluso, uno de sus promotores está al frente de la Casa de Nariño: Abelardo de la Espriella.
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Y los que en aquella época impulsaron el “sí” –más allá del expresidente Juan Manuel Santos– están en su mayoría en una oposición que se reúne en torno al Pacto Histórico del exmandatario Gustavo Petro, sin dejar de lado que hay otras voces que se plantan en la actualidad del lado del denominado centro.
Para ese momento, se registraron guarismos que dejaron claro que Colombia se partió políticamente en dos. Y eso se dio a dos años de la reelección de Santos e igual tiempo de ejercicio del Centro Democrático que el expresidente Álvaro Uribe consolidó para hacerle oposición a quien luego recibió el Nobel de Paz.
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La Registraduría de Juan Carlos Galindo reportó un total de 13’066.025 votos, de los cuales 6’431.376 (50,21 %) fueron para el “no” y 6’377.482 (49,78 %) se inclinaron para el “sí”. La diferencia fue mínima y dejó un mapa en el que las zonas con municipios golpeados por la guerra –como los departamentos de Chocó y Cauca– se fueron de frente por avalar el plebiscito y darle sustento popular a lo pactado en La Habana. Y regiones con más presencia estatal, como Antioquia o Norte de Santander, se pusieron del lado contrario.
Para ese momento, cuando el país veía a un presidente en ejercicio moviéndose con fuerza y apoyándose en el aparato estatal para que el “sí” se empoderara, y a un exmandatario que usó su caudal político para crear desde cero un partido que le hiciera contrapeso al gobierno de entonces y con el que además impulsó el “no”, había 34’899.945 personas habilitadas para votar. Al contraponer el total de los sufragios depositados con el censo activo surge una abstención del 62,55 %; una de las más altas en las elecciones que se han realizado después de la Constitución de 1991.
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“Nosotros estábamos totalmente convencidos de que íbamos a perder y aceptábamos el resultado”, le dijo a El Espectador el entonces senador José Obdulio Gaviria, quien además fue uno de los fundadores del Centro Democrático y promotor activo de decirle “no” al plebiscito.
“Lamentablemente pasó lo que pasó, por distintas razones; el margen fue muy apretado, pero se perdió. Se reconoció en menos de media hora la derrota, lo cual fue muy importante desde el punto de vista institucional”, le aseguró a este diario quien en ese momento era el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo.
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La campaña victoriosa la dirigió Juan Carlos Vélez, quien ahora es el embajador de Colombia en Ecuador; en declaraciones públicas de ese 2016 –año que fue bisiesto y sumó 366 días– reconoció que se acudió a la emocionalidad para movilizar al electorado que le dijo “no” a la refrendación del Acuerdo de Paz.
Eso le valió a Vélez investigaciones administrativas, de las que luego salió bien librado, pero confirmó que “salir emberracados” fue el objetivo de una propaganda que al final exaltaba dos cosas: evitar que criminales responsables de delitos de guerra y lesa humanidad terminaran en el Congreso, algo que al final pasó vía amnistías y justicia transicional; y reforzar en el imaginario público la responsabilidad violenta que cargaba una guerrilla ligada al narcotráfico que operó desde la ilegalidad por casi seis décadas.
Quien fue el jefe de debate de la campaña del “sí”, el expresidente César Gaviria, dejó ver que la apuesta de este sector era convencer a la ciudadanía de que, sin refrendación popular, podría volver la confrontación con la que para ese momento era la guerrilla más antigua del continente. “Quien vote ‘no’ al plebiscito está votando por la guerra”, aseguró en esa época.
Las encuestas del momento le daban la victoria al “sí”, y no pocas salas de redacción tenían ya listas ediciones dando a conocer esa eventual victoria. Pero la realidad política fue otra y el batacazo electoral llegó a tal punto que el propio Santos, confesado por él mismo tiempo después, pensó en renunciar a su cargo de jefe de Estado. Su hermano, Enrique Santos, confirmó esa información.
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Lo cierto es que tres días después, el 5 de octubre de 2016, se dio una cita directa entre Santos y Uribe, junto a los equipos que los acompañaron en el “sí” y el “no” –respectivamente– para renegociar un Acuerdo de Paz que duró en gestación al menos seis años consecutivos, contando una fase secreta de al menos 24 meses. Las partes reconocen una década después que se lograron acercamientos, pero hubo un punto en el que ninguna postura intermedia sirvió: la participación política de los exFarc.
Eso hizo que se rompieran esos diálogos políticos y que se acudiera al Legislativo para refrendar vía Congreso lo negociado en Cuba. Uribe y los del “no” dijeron que eso era un desconocimiento de la Constitución y de la decisión popular, mientras que Santos y los del “sí” defendieron el camino bajo la tesis de ponerle punto final a una de las aristas más longevas de la guerra colombiana.
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“Golpe de Estado refrendado por el constitucionalismo pro paz equivocada que finalmente ayuda al terrorismo”, dijo Uribe tiempo después sobre ese proceso. Y Santos, luego de la derrota, aseguró que “aquí tenemos una oportunidad que se nos abre, con la nueva realidad política que se manifestó a través del plebiscito”.
Lo cierto es que todo el proceso que le siguió al plebiscito, como dijo una de las personas que ayudó a gestar la estrategia política, “partió al país político, pero salvó el Acuerdo de Paz”. La relación entre Uribe y Santos nunca mejoró, antes terminó llegando a un punto muerto. Y las bases del “no” ganador y del “sí” derrotado, una década después, reconfiguraron el mapa político que tiene ahora Colombia.
El presidente De la Espriella, opositor desde el momento cero al Acuerdo de Paz, ganó con 12,9 millones de votos; y el senador Iván Cepeda, quien incluso hizo parte activa de las negociaciones de La Habana, perdió en segunda vuelta con 12,6 millones de sufragios. Un margen estrecho, como el del plebiscito de 2016, que además coincidió en ciertas regiones con los resultados que el 2 de octubre de ese año bisiesto, incluso, fragmentaron al establecimiento.
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El Acuerdo de Paz está en fase de implementación, y el Gobierno actual busca cómo ajustar sus políticas de seguridad con los compromisos estatales que se adquirieron con ese proceso. Pero la expectativa está en cómo la polarización política que se mantiene desde hace una década puede superarse, algo que –al menos con el oficialismo y la oposición actual– parece no estar cerca. En los dos lados lo reconocen.
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