El senador Miguel Uribe Turbay (Centro Democrático) definía su estilo como “combativo”, con un liderazgo “firme” y “convocante”. Desde la bancada de oposición era uno de los que tenía un tono más fuerte al hablarle al gobierno de Gustavo Petro, con quien compartía poco o nada a nivel ideológico, y su campaña —frenada súbitamente por el atentado que le cobró la vida—se iba perfilando para parecerse más a la de uno de los íconos de su orilla política: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a cuya posesión fue invitado el pasado 20 de enero.
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Pero, sumado a esos grandes encuentros para llenar coliseos, estaban las reuniones más pequeñas. Su último discurso fue subido en una caja en el parque El Golfito, en la localidad de Fontibón, en Bogotá, frente a cerca de 200 personas ese 7 de junio. En ese evento, cercenado por la experiencia de un atentado que sacudió al país, Uribe Turbay delineó algunas de las apuestas para su campaña: la creación de una estructura de cuidado, una política pública de discapacidad y la salud mental en Colombia.
El tema que más sonaría después de lo ocurrido sería el porte de armas, una propuesta que desde su propio partido se ha planteado en diversas ocasiones y que, bajo el lema de la seguridad, era una posibilidad que veía con buenos ojos: “Yo sí creo que el colombiano de bien que considere la necesidad de tener su arma, lo puede hacer. Es decir, el porte de armas tiene que volver”.
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Esta línea de la seguridad primero que todo no sería lo único que marcaría su campaña. Desde su bancada, e incluso en su paso por el Concejo de Bogotá, tenía una acérrima oposición al Ejecutivo de Petro. En la última entrevista que dio a El Espectador, en febrero de 2024, aseguró que “la gente está desesperada” con el actual presidente y que “la decepción y desesperanza que está generando Gustavo Petro se enmarca en una frustración e indignación que está generando daño”.
“Ahora, creo que, más que nunca, las tesis del gobierno de Álvaro Uribe se necesitan hoy: seguridad, inversión privada, cohesión social. Entonces, aunque sí hay incertidumbre o todavía falta tiempo para ese procedimiento, lo que es evidente es que el Centro Democrático tiene que y va a ser la opción para el 2026”, dijo en ese diálogo, cuando todavía no había dejado en firme sus aspiraciones a la Presidencia.
Desde el 20 de octubre de 2024, cuando lanzó su campaña con un video en el lugar donde su madre había sido asesinada 34 años antes por el grupo de “Los Extraditables” (Copacabana, Antioquia), había dejado claro cuál sería su apuesta: con él, “vuelve la seguridad” a Colombia. Y ese lema sería el que reforzaría en todos los eventos proselitistas que organizaba y a los que asistía, incluidos los mítines bajo la chapa de “Con toda Colombia”, en los que reunía a sus seguidores en grandes espacios y donde adquiría, además, su tono más fuerte.
“Colombia está una vez más en guerra y una guerra más dolorosa que la que vivimos hace 20 años, porque esta se pudo haber evitado, pero desafortunadamente los gobiernos y este Gobierno negoció lo innegociable: la seguridad. La paz no es impunidad ni la seguridad representa más violencia, el único camino para la paz es la seguridad, y este Gobierno perdió el control, se nota. (...) Cada día que Petro está en el poder es un día que Colombia se desangra”, aseguró en el último de estos eventos, en Ibagué el 10 de mayo.
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Estos comenzaban, generalmente, con figuras de su mismo partido que apoyaban de lleno su candidatura: el representante Andrés Forero y los concejales Andrés Barrios, Óscar Ramírez Humberto Amín y Sandra Forero, quienes estuvieron en el primero (que ocurrió el 15 de marzo en la capital colombiana) y siguieron acompañándolo en sus eventos de campaña, con un respaldo férreo a su propuesta para la Presidencia.
En su corta campaña —asesorada por Lester Toledo, quien fue estratega político del mandatario salvadoreño, Nayib Bukele, con quien buscó establecer alianzas—, Uribe Turbay solo logró hacer tres: empezó en Bogotá (15 de marzo), pasó por Antioquia (5 de abril) y después a Tolima (10 de mayo). Desde una plataforma, con un atril solo para él, comenzaba a delinear sus propuestas, poniendo siempre de frente la seguridad.
Esos mítines serían, además, un motivo de roces con sus compañeros de bancada y de aspiración presidencial: las senadoras Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, Paola Holguín y Andrés Guerra. El costo de su campaña era el punto central de esos choques, sobre todo por las encuestas que, de acuerdo con algunas de ellas, habrían sido financiadas por él mismo para darle la ventaja en la pelea por el aval del partido.
Y encima de eso, el apellido compartido entre él y el líder natural del partido, un punto clave en su campaña, en la que se le veía como el candidato que recibiría el guiño del expresidente. De acuerdo con él, “con cargo o sin cargo, Álvaro Uribe [iba] a ser [su] principal consejero”: “Lo necesitamos en Colombia”.
En lo verbal, esas discusiones entre aspirantes no pasaban de las redes sociales, pero se encontraban en los foros de precandidatos que organizaba el Centro Democrático. En el último de ellos, que ocurrió en Cali, anunció que, de llegar a la Casa de Nariño, prohibiría el consumo de drogas en el espacio público y acabaría con la señal telefónica desde centros penitenciarios para que no se pudiera extorsionar a los comerciantes.
Como sus compañeros, estaba a favor de acabar con la paz total, que llamó una “farsa” y calificó como una “complicidad” entre el Gobierno y las estructuras criminales. Su forma de implementar la seguridad sería a través de una política “robusta” con un nuevo marco jurídico de sometimiento para “cualquier criminal” y cerrándole la puerta a los ceses al fuego.
En una de sus últimas intervenciones en un evento público, en la 59° Convención Bancaria organizada por Asobancaria —a donde llegó sin un esquema de seguridad—, insistió en su plan de tres vías: “seguridad física, orden público; seguridad jurídica, reglas de juego claras; seguridad institucional, Estado de derecho”.
“Nos están devolviendo a un pasado de violencia al que no queremos volver. Viví en carne propia el dolor de la guerra, y quienes lo hemos vivido no estamos dispuestos a que otras familias lo vivan: un país sin violencia es mi propósito de vida y yo me voy a hacer cargo, porque la paz no es impunidad y la seguridad tampoco representa más violencia”, dijo en ese entonces.
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En ese debate —un espacio importante en materia de sumar apoyos no solo de la ciudadanía, sino del empresariado—, como también lo hizo en el de MIT y Harvard en Colombia el mismo día del atentado, volvió a insistir en su propuesta de recortar los gastos del Estado. Ha ido en la misma línea que la del jefe del Estado argentino, Javier Milei, con promesas de recortar gastos y toda la “burocracia innecesaria”.
“Para que tengan una referencia, en 2022, Gustavo Petro recibió $38 billones de gasto de personal. ¿Saben cuánto es este año? $60 billones. Es decir, $22 billones más al año en gasto de personal, es decir, nómina, que, a propósito, es lo primero que vamos a recortar el 7 de agosto. De ahí, entonces, vamos a salvarle a Colombia $88 billones en cuatro años, de entrada”, aseguró en ese evento.
Como sus contrincantes en el escenario electoral, Uribe Turbay quiso recorrer el país para seguir sumando apoyos en medio de una contienda en la que cualquier diferencia en votos en lugares fuera de Bogotá —donde transcurrió toda su trayectoria política— sería clave. Eso sí, su nombre seguirá en los discursos de sus compañeros e incluso de sus opositores, por un acto violento que devolvió al país a finales de los ochenta y volvió a poner la violencia política, que ha seguido manchando a los territorios y a los líderes sociales en los últimos años, en el centro de la discusión.
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