
Cuando alzó la cobija ennegrecida por la suciedad, Julia Buriticá retrocedió dos pasos, asustada. El hombre, con la mirada desorientada y la ropa hecha jirones, se levantó como un resorte y la amenazó con un cuchillo. Ella alcanzó a explicarle que buscaba a su hijo de 20 años, Daniel Alfonso Velásquez Buriticá, desaparecido el 4 de octubre de 2004. Dejó atrás al desconocido y, con el miedo intacto y una oración en la boca, siguió mostrando la fotografía por las calles del Bronx.
Ese día entró a la L sin permiso. Julia, ama de casa, no sabía que tenía que pedirlo. Un conocido había encontrado allí a un hijo desaparecido y pensó que no podía descartar ninguna posibilidad. Llevó los afiches con la tez blanca y el pelo castaño de Daniel en primer plano y cruzó la reja. Sintió la humareda, los olores nauseabundos, vio la basura por doquier y los rostros desfigurados por la droga. Intentó encontrar, así fuera, una pista de Dani, como lo llama cariñosamente. Revisó rincones malolientes, preguntó en los bares y siguió levantando cobijas.
Cuando un individuo que salió de la sombra se mostró interesado en su historia, le hizo una pregunta que podía terminar en una extorsión: “¿Cuánto me da y le digo en dónde está?”. Al salir del Bronx se encontró con un policía que no podía creer que hubiera entrado sin acompañamiento de las autoridades. La alertó sobre los peligros a los que se había enfrentado solo por haber pisado esa calle. Aunque no los había dimensionado, asegura que, contrario a sus recomendaciones, lo volvería a hacer si fuera necesario. Le entregó una de las fotos que llevaba y siguió su marcha.
“Gracias por todo el amor”
En sus recuerdos, Daniel, el segundo de cuatro hermanos, aparece como un joven tímido, apegado a su familia y “muy niño”, incluso, en su etapa universitaria, cuando ya alcanzaba los 1,84 metros de estatura. Era sensible y no contenía el llanto cuando alguna situación le parecía injusta. A veces, Julia observa las cartas y los dibujos en lápiz que le entregó durante sus primeros años. “Gracias por todo el amor que me brindan”, había escrito Daniel en letra cursiva. De niño estaba obsesionado con las Tortugas Ninja, pasión que reemplazó en la adolescencia por Final Fantasy, una saga de videojuegos de aventura.
Hoy Julia tiene 67 años y desde hace 13 vive en El Espinal (Tolima). Es una mujer poco expresiva, de rostro inescrutable, pero demuestra su amor con acciones. Es católica devota y conserva el acento paisa de su natal Pereira. Mientras pasa las páginas de una de sus tantas agendas de la búsqueda de Daniel -con direcciones, papeles sujetos con ganchos y números telefónicos- se esfuerza por recordar los nombres y apellidos de funcionarios, investigadores, fiscales, instituciones, amigos y personas que han escuchado su caso, aunque no siempre lo logra.
Lo que Julia Buriticá sí recuerda es el momento preciso en el que se despidió de su hijo hace 22 años. Era la 1:20 p. m. de ese lunes. Daniel tenía que entregar un trabajo grupal en la Universidad Javeriana, donde cursaba quinto semestre de Ingeniería de Sistemas. Ese día no quiso almorzar, ni siquiera sus amados macarrones con queso. A duras penas se tomó un yogur, se despidió, “Chao, ma”, y desde la ventana lo vio salir de su casa, ubicada en la carrera 17 con calle 58, con su “morralito de estudio”, el trabajo, una botella de agua y algo de dinero que le dio Julia para que no pasara de largo sin comer. Esa imagen la tiene intacta.
Fue a las 4:00 p. m. cuando sonó el celular de Daniel. Lo había dejado en su cuarto, como ocurría en algunas ocasiones. Julia contestó. Era uno de sus compañeros de clase. Le dijo que su hijo no había llegado al salón y que el profesor les había dado plazo hasta las 12:00 m. para entregar el trabajo pendiente, solo porque era buen estudiante. Contrariada, Julia rompió en llanto. Pidió que lo buscaran en el gimnasio, adonde a veces iba a ejercitarse, pero allí tampoco lo encontraron.
En esa época su familia tenía una ferretería, que cerraron antes de tiempo. Desesperados, fueron a los salones, recorrieron los pasillos de la universidad y la noche los sorprendió gritando su nombre en el Parque Nacional, junto a la Javeriana. Al regresar a casa, Julia no sabía que iniciaría un ritual que se prolongaría durante el tiempo que siguiera viviendo en Bogotá: sentarse durante horas frente a la ventana. “Yo sentía que si dejaba de mirar, él podía pasar y yo no lo iba a ver”.
La búsqueda de Daniel Velásquez

Al día siguiente y los siguientes Julia siguió buscándolo. Quiso presentar la denuncia en la Policía, pero le dijeron que debía esperar 72 horas para que las autoridades iniciaran la búsqueda. Tiempo después supo que ese requisito era falso y que las primeras horas son cruciales para encontrar a las personas desaparecidas. Durante el compás de espera que le dio el policía, Julia imprimió fotografías de Daniel. Calcula que fueron alrededor de 5.000. La primera la pegó en la ferretería y después lo hizo en postes y fachadas.
Repitió el recorrido que Daniel hacía en bus. También a pie. Algunos lo reconocieron, pero aseguraron que no lo habían vuelto a ver. Fue a albergues, hogares de paso y refugios. En el Instituto de Medicina Legal se coló para tratar de ver los rostros de los muertos que llegaban en carros de criminalística. Nada. En la Defensoría del Pueblo, un abogado que la atendió le dijo que no había nada que buscar y cerró la carpeta. Ella pidió que le tomara la declaración. El funcionario le respondió que con seguridad él “se había ido con una muchacha” y llamó al siguiente en la fila.
Con una desilusión que la agobiaba, pero que no le impedía seguir adelante, volvió a la universidad. Con la foto impresa de su hijo, la misma que usaría después para protegerse en el Bronx, habló con los profesores para que le permitieran tener un momento con los compañeros de Daniel antes de iniciar las clases. Ellos respondieron con algunas notas en las que le deseaban fuerza, tranquilidad y paciencia. Julia todavía las conserva. “Una noche soñé que Daniel llegaba a la casa. Era domingo. Los niños salieron a recibirlo y yo escuché la bulla. Me asomé y era él. Sentí algo aquí en el corazón y pensé: ‘Dios mío, gracias’. Corrí y lo abracé. Entonces me desperté llorando”.
La monita de la mochila azul
La fotografía de Daniel, pegada frente a la ferretería de la familia Velásquez Buriticá, llamó la atención de un cliente en 2008. Le dijo que conocía a un funcionario de la Fiscalía que podía ayudarla. A los seis meses regresó y le dijo que dos guerrilleros, integrantes del Frente 22 de las Farc y privados de la libertad, le aseguraron que Daniel había sido visto en un campamento de esa estructura armada. “Alégrese que su hijo está vivo”, le dijo.
Le dieron un dato del cual Julia se aferra como una puntilla ardiendo: al joven, supuestamente, lo vieron llorando durante una inducción de adoctrinamiento. “Cuando se preocupaba o estaba muy nervioso, se ponía a llorar”, relata Julia. Una de las fuentes de la cárcel le habría dicho al funcionario de la Fiscalía que Daniel le contó que había llegado a la guerrilla engañado por una joven que conoció en la universidad.
A partir de la información que había recabado en sus recorridos por la Javeriana, intentó atar los cabos sueltos. Los testimonios de algunos de sus compañeros aseguraban que lo habían visto hablando con una “muchacha monita” que siempre portaba una mochila azul. De ella no sabían nada, ni siquiera su nombre. Podía ser ella, pensó.
A pesar de que intentó ponerse en contacto con las Farc a través de correos electrónicos que les envió de manera anónima, el grupo armado nunca le respondió. Mientras tanto, Julia viajó por todo el país y le abrieron los micrófonos de los programas radiales dedicados a los secuestrados: “Día a día nos detenemos a pensar en ti, si has comido bien, si has dormido bien y en qué más podemos hacer para encontrarte”, fue uno de los tantos mensajes que le envió.
Intentó visitar las cárceles en donde se encontrarían los guerrilleros que dijeron haber visto a Daniel, pero los trámites burocráticos le impidieron ingresar. Al mismo tiempo, esta versión aún le produce una contradicción profunda, porque Daniel le había dicho poco tiempo antes de su desaparición que él prefería que le cortaran un dedo antes que empuñar un arma. Pero Julia no está dispuesta a descartar ninguna posibilidad.
De cara con las Farc

Con la firma del Acuerdo de Paz, en 2016, encontró una nueva oportunidad para averiguar por el paradero de Daniel. Aunque las armas, el monte y la burocracia de las cárceles ya no eran obstáculos para avanzar en su búsqueda, no lograba obtener las respuestas que necesitaba.
En 2018, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) acreditó como víctima a la familia de Daniel en el Caso 001, relacionado con secuestro, a pesar de que los incipientes testimonios hablaban de un posible reclutamiento. En audiencias con el antiguo secretariado de las Farc, Julia les señaló la fotografía en gran tamaño de Daniel, que permanece en esa entidad, y les preguntó por su suerte y paradero.
La primera vez, los integrantes del antiguo secretariado, que hoy cumplen sus primeras sanciones buscando a personas desaparecidas, se miraron entre ellos y observaron la fotografía mientras ella les contaba su historia. Le respondieron que no lo conocían, que el frente al que hacía referencia se había disuelto y que el siguiente paso sería contactar a los mandos medios. Así fue como Julia también le preguntó a Wílmer Antonio Marín, conocido con el alias de Hugo cuando fue comandante del Frente 22, pero le respondió que nunca lo había visto. Aún no es claro, según la información disponible, que esa guerrilla haya sido la responsable de su desaparición.
Las buenas noticias tampoco llegaron de parte de la jurisdicción ordinaria. En octubre de 2024, semanas después de que se cumplieran 20 años de la desaparición de Daniel, la Fiscalía 135, adscrita a la Dirección contra las Violaciones a los Derechos Humanos, emitió un auto inhibitorio, que congela la investigación por el delito de desaparición forzada. Según el documento, “de acuerdo con los resultados de las actividades investigativas aquí realizadas, no fue posible demostrar los mencionados elementos del tipo y, por ende, encuadrar la desaparición como delito”.
El auto también recoge testimonios de amigos que apuntaban a otras hipótesis sobre lo ocurrido con Daniel, entre ellas, circunstancias emocionales que, según los declarantes, atravesaba el joven antes de desaparecer. Ninguna de las diligencias permitió establecer con certeza lo ocurrido ni los responsables.
Mientras la Fiscalía dejaba la investigación sin nuevos elementos que permitieran establecer qué ocurrió con Daniel, la búsqueda humanitaria seguía otro camino. La Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), entidad humanitaria y extrajudicial de la justicia transicional, ha establecido un universo de 137.000 personas desaparecidas con ocasión del conflicto armado. Daniel está incluido en el Plan Regional de Búsqueda de Bogotá, junto a otras 5.091 personas, cuyo paradero sigue siendo desconocido.
En ese plan, la UBPD ha explorado posibles lugares de inhumación, entregado dignamente 10 cuerpos y hallado con vida a 67 personas desaparecidas. Daniel aún no aparece entre esos resultados. “Hoy lo siento más cerca”. Hablar de él, revisar sus cartas de cuando era niño y releer los expedientes en busca de algún dato que pudo haber soslayado y que sería clave para encontrarlo le hacen revivir los días y las noches detrás de la ventana de su casa en Bogotá. Lo ve de espaldas caminando, mientras se aleja con rumbo desconocido. Como en la fotografía, congelado en el tiempo. Julia sigue esperando su regreso.