
Un día cualquiera, bajo el sol del mediodía, en la parte occidental del Parque de La Mariposa, en San Victorino, es posible encontrar ocho carritos de aproximadamente dos metros de alto y cincuenta centímetros de ancho, ubicados sobre las gradas que rodean una extensa zona verde. Allí trabajan los llamados embellecedores de zapatos o, como comúnmente se les conoce: emboladores o lustrabotas.
En su mayoría son hombres mayores que esperan bajo sus parasoles a quienes necesiten sus servicios. Mientras llegan los clientes, conversan entre ellos o con comerciantes sobre la vida en la ciudad. Entre ellos está Luis Hernán López Rivera, de 58 años, quien heredó el oficio de su abuelo y su padre. “Mi papá nació y murió con la caja bajo el brazo”, recuerda.
Luis nació en La Merced (Caldas), en una familia conformada por sus padres y cinco hijos. Pasó buena parte de su infancia en Manizales y comenzó a trabajar como lustrador a los siete años, con una caja que él mismo construyó con palos de café. Actualmente, Luis trabaja junto a su hermano Jaime, de 55 años, todos los días de 9:00 a.m. a 5:00 p.m.. Ambos llevan dos décadas en este sector de Bogotá y han sido testigos de los cambios estructurales y sociales de la plaza.
Un oficio que llegó a Bogotá
Según la obra Apuntes para la historia de Chapinero, de Daniel Ortega Ricaurte, el oficio llegó a Bogotá a finales del siglo XIX de la mano de un hombre francés de apellido Deutienes. Las condiciones lodosas de la zona hicieron que los ciudadanos necesitaran limpiar sus zapatos de cuero fuera de sus casas. En ese momento utilizaban un betún casero elaborado con cenizas de papel quemado, manteca y un poco de trementina.
La obra Historias & Lustres, del escritor e investigador histórico Raúl Piamonte Peña y el ilustrador Robinson Tamayo (Uashis), también registra los inicios del oficio en 1884, en el centro de Bogotá. Ese mismo año, el personaje Bola Botín, un niño lustrador publicado por el Periódico Ilustrado de Bogotá, menciona a Monsiú Deutienes como quien les enseñó el oficio.
Desde finales del siglo XIX y hasta las primeras décadas del XX, la actividad fue ejercida principalmente por niños de escasos recursos. Una fotografía de la revista Bogotá Ilustrado, de 1907, muestra a once niños lustrabotas. Según Historias & Lustres, el gremio de lustradores, junto con el de voceadores, tuvo un papel importante en el boicot al tranvía de 1910, luego de que un niño fuera golpeado por un conductor por subir al vehículo sin pagar.
En 1931, el gremio ya estaba organizado como la Sociedad de Limpiabotas de Bogotá. La organización comenzó a consolidarse desde 1924, siguiendo el ejemplo de otros oficios como barberos, conductores y voceadores. En 1929 comenzaron a incorporarse hombres responsables de familias de zonas populares.
De pueblo en pueblo hasta Bogotá
Antes de establecerse en Bogotá hace 25 años, Luis recorrió decenas de pueblos y ciudades trabajando como lustrador. Para ahorrarse el pasaje, viajaba en camiones que transportaban alimentos, cargando una maleta con su ropa y sus instrumentos de trabajo. Estuvo en Medellín, Pereira, Cartago, Palmira, Cali, Bucaramanga y Cúcuta, entre otras ciudades.
Cuando llegó a Bogotá se ubicó en el mismo sector donde trabaja actualmente. En ese momento utilizaba un cajón de madera con un soporte para apoyar los pies y recorría los bares buscando clientes. Según recuerda, entonces había más de 140 emboladores en la zona, pero también existía una demanda suficiente para sostener a sus familias. “Yo llegaba a un bar y me acercaba a alguno y le decía: ‘Oiga, ¿necesita que le lustre los zapatos?’. Si me decía que sí, pues se los embolaba y, si no, pues iba y le preguntaba a otra persona. Y así iba de bar en bar buscando clientes”.
Durante sus más de 45 años en el oficio, Luis logró sacar adelante a sus doce hijos. Su trabajo le permitió cubrir los gastos de estudio, alimentación, arriendo, juguetes y estrenos de diciembre.Sin embargo, nunca ahorró, tuvo vacaciones, compró una casa o un carro. Ninguno de sus hijos se dedicó al oficio, porque Luis nunca quiso enseñarles. Considera que es una actividad que está desapareciendo: “No le pongo más de 10 años a este oficio para que se acabe”. También afirma que no quería que sus hijos vivieran la discriminación que, según él, enfrentan quienes ejercen este trabajo.
Cuando los zapatos hablan
Para Luis, los años de experiencia le han enseñado que los zapatos dicen mucho sobre una persona. Unos zapatos limpios o sucios pueden revelar aspectos de su vida y un determinado estilo puede relacionarse con un oficio. Por sus manos han pasado los zapatos de personas del común, fiscales, abogados, comerciantes y policías. Según cuenta, puede descifrar en pocos minutos algunos aspectos de quien se sienta frente a él.
Luis Alberto Fonseca, un hombre de 65 años, es uno de sus clientes. Cada quince días pasa por el Parque de La Mariposa y se hace lustrar los zapatos. “Pues ellos son profesionales en el oficio y saben cómo hacer las cosas. Yo era cliente del papá de ellos, porque hacía muy bien el trabajo y ahora llevo 20 años viniendo donde ellos. Los zapatos no se le ponen a cualquiera”. Según Jaime, a Alberto le gusta que sus zapatos queden brillantes: “A él le gusta poderse ver en los zapatos”.
Un oficio que también tuvo que cambiar
Actualmente, Luis obtiene con su oficio un promedio mensual de $400.000. Gasta 10.000 pesos diarios entre el arriendo del lugar donde guarda el carro de trabajo y el transporte en Transmilenio. Los betunes que utiliza cuestan 3.000 pesos en “La 14”, donde compra sus instrumentos. En su carro tiene betunes, cepillos, pinturas para cuero, champú y trapos o pulidores. También realiza la llamada lustrada americana, que consiste en enrollar el trapo en los dedos índice y corazón, aplicar un poco de agua y frotar el zapato durante aproximadamente 25 minutos.
El cambio del calzado elegante hacia el deportivo redujo el trabajo. Por eso, los lustradores tuvieron que buscar nuevos productos y servicios. Ahora también limpian y cosen tenis. “Entonces, para nosotros poder seguir el mismo ritmo, tenemos que buscar otra manera. ¿Qué nos tocaba hacer? Mirar qué producto se podía usar para poder manejar la zapatilla”.
Jaime, quien lleva más de 40 años en el oficio, también percibe el cambio: “Ya hoy en día lustrar no da lo mismo que antes; además, nosotros ya no le interesamos ni a los periodistas, ni al Gobierno, ni a la Alcaldía. Nosotros le hemos dado mucho al país”. Hoy ofrecen lustrada normal, lustrada americana, cambio de color, limpieza de calzado sintético y costura. Los precios oscilan entre 4.000 y 18.000 pesos, dependiendo del trabajo.
La Casa de los Lustrabotas
En 1952 se entregó a la Sociedad de Limpiabotas de Bogotá la Casa de los Lustrabotas, ubicada en Los Mártires, en el barrio Panamericano, cerca de la calle 26. El lugar busca ofrecer un espacio de recreación y ocio para los emboladores y mantener viva la memoria del oficio.
Después de la consolidación de la Sociedad de Limpiabotas en 1931, el gremio buscó mejorar sus condiciones de trabajo. En 1938, su presidente, Rogelio Rodríguez, gestionó la aprobación de la Ley 184 de 1938, mediante la cual se destinó un auxilio económico de 30.000 pesos para la construcción de la casa. Según Historias & Lustres, el lote se consiguió en 1941, los planos terminaron en 1947, la construcción concluyó en 1950 y la entrega se realizó en 1952.
Según Radio Nacional de Colombia, la casa cuenta con teatro y canchas de tejo. Allí también se realizan actividades administrativas y recreativas, y algunos espacios son alquilados para novelas, películas, publicidad y bodegas. El gremio está conformado actualmente por cuatro agrupaciones: Sociedad de Limpiabotas de Bogotá, Sindicato Unión de Lustradores de Calzado de Bogotá, Unión Sindical de Lustrabotas y Asociación Distrital de Lustradores de Calzado de Bogotá. Luis y Jaime no pertenecen a ninguna de ellas. Por eso, aseguran que no reciben apoyo de la casa y tampoco consideran que esta pueda beneficiar al gremio.
Más allá de lustrar zapatos
Luis percibe un abandono institucional. Afirma que la Alcaldía los mueve de sus lugares de trabajo cuando se realizan eventos culturales o artísticos en el sector, como ocurrió con el concierto de Luis Alfonso en la Plaza de La Mariposa el 23 de julio. También critica que el apoyo recibido se haya limitado, según él, a chalecos con el nombre “Lustradores de calzado San Victorino” y parasoles para los puestos, durante la Alcaldía de Enrique Peñalosa.
Frente a la percepción social del oficio, Luis compara a los lustradores con un baño público: considera que las personas solo los tienen en cuenta cuando los necesitan. También asegura que algunos los señalan como personas sin educación, estafadores, ñeros, marihuaneros, ladrones o personas de la olla. Su expectativa es recibir reconocimiento, respeto, mayor visibilidad y derechos laborales. También espera una mejor gestión del espacio público en San Victorino, sector que considera abandonado y afectado por la droga y la prostitución.
Luis no quiere que el oficio desaparezca, aunque cada día lo ve más cerca de hacerlo. Por ahora, continúa trabajando en el Parque de La Mariposa, junto a su hermano, esperando a quienes necesiten limpiar sus zapatos y conversando durante horas con sus compañeros, acompañado de un tinto de 500 pesos y un cigarrillo.
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