Luis Javier Mosquera, una carta olímpica

El vallecaucano de 20 años, conquistó ayer tres medallas de oro, en la categoría de los 69 kilogramos, en el Mundial Juvenil de Pesas, en Polonia.

Luis Javier Mosquera, el mejor pesista colombiano del momento. FWF
Ya son 15 los títulos que ha sumado en su corta carrera. Entre ellos, una segunda marca mundial de mayores, siendo juvenil. “Algún día voy a estar en un podio olímpico”, dice con seguridad Luis Javier Mosquera, quien luego de obtener tres medallas ayer en el Mundial Juvenil de Pesas, disputado en Polonia, se enfocará en tener una buena presentación en los Juegos Panamericanos de Toronto, los cuales inician el próximo 10 de julio.
 
Cuando pequeño, a Luis Javier Mosquera no le daba miedo jugar a mantener el equilibrio por las vigas desoladas de su casa. Como su padre aún no había hecho la plancha del segundo piso, el esqueleto de cemento era ideal para retarse con sus hermanos. La obra negra dejaba de ser eso, una casa a medio construir, para convertirse en un laberinto a más de dos metros de altura, riesgoso pero al fin de cuentas divertido.
 
Tampoco le asustaba ir al río Yumbo, a unas cuantas cuadras de su casa, a saltar entre las piedras y cruzarlo de un lado al otro. “El cauce no era fuerte. Lo maluco era caer al agua. Una vez me resbalé y me tocó andar con el zapato oliendo a podrido todo el día”, dice el pesista colombiano. El niño que no juega simplemente no es un niño y bajo ese mandato, parece no haber espacio para los temores.
 
Mucho menos a la violencia, esa que se tomó su barrio para convertirlo en uno de los más calientes del municipio. La ingenuidad de la niñez lo mantuvo alejado de las drogas y de las armas, a pesar de que sus amigos fueron cayendo uno a uno. Tuvo mil opciones diferentes, pero su esencia lo llevó por otro camino, la esencia de las buenas elecciones.
 
Si la crueldad de las calles no lo amedrentó, mucho menos la que tuvo que soportar de puertas para adentro, donde su padre llamaba a la disciplina a punta de porrazos. “Él era muy agresivo y me pegaba por todo. Si me caía llevaba del bulto, si me raspaba también, eso era pela a toda hora”. Aún recuerda la peor de todas, cuando le dio por jugar con la crema de afeitar de su papá y la gastó toda. Los rastros blancos en su barbilla lo delataron en el interrogatorio y le generaron la golpiza más dura que ha recibido en su vida.
 
Como el acero, su temperamento se forjó con fuego y golpes. Tampoco tembló cuando llegó por primera vez al coliseo del pueblo para levantar pesas con sus hermanos. El tierrero, las barras viejas y los discos obsoletos asustaban de por si. Pero no a él. Se acostumbró a esas condiciones, mientras otros renunciaban antes del intento por miedo a una lesión.
Ya siendo profesional en la halterofilia no se amedrentó en ningún momento. Ni siquiera en un nacional de mayores en Cartagena cuando, a falta de unos días para la competencia, se dio cuenta que estaba cuatro kilos por arriba del peso requerido (62kg) y tuvo que buscar medidas extremas. “Tomé laxantes a lo loco y a punta de ir al baño los perdí. Eso es algo muy bravo porque uno queda muy golpeado antes de competir”.
 
Pero entonces, ¿qué le da pavor a Luis Mosquera si su cuerpo resiste el dolor de forma innata y su mente es más fuerte que una roca? Lo que los calambres, las peleas, los golpes y la violencia no pudieron hacer, un temor de infancia sí. Un enemigo del cual todos huimos alguna vez, pero que con el paso de los años tiende a desaparecer. Pero él lo ha mantenido con vida gracias a su gran imaginación, el principal alimento para que este siga latente.
 
“Dizque todo un pesista y con miedo a la oscuridad”, dice Mosquera entre risas. Después, la alegría queda a un lado y comienza su relato, uno que se toma muy en serio como si estuviera hablando de un título mundial. “Soy de malas para esas cosas. Siempre que me toca dormir solo algo pasa, suena una puerta, o se cae algo, o la ventana del cuarto se abre… todo pasa”. Inmediatamente, viene a su mente una historia a la que aún le busca una explicación lógica que le de tranquilidad.
 
“Estaba en la concentración de unos juegos departamentales con un compañero y escuchamos que alguien nos llamaba. Fuimos a ver y no había nadie. Después llegaron los ruidos, como si estuvieran abriendo las ventanas y tumbando las sillas de la sala. Miramos y todo estaba en orden. Yo no aguanté la presión y me fui a dormir en mi casa. Al otro día nos contaron que ahí habían matado a una señora. Casi me orino del susto”, dice un hombre que no le tiene miedo a las cosas terrenales, pero a las que no hacen parte de este mundo, prefiere tenerlas lejos. 
 
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