Por: Columnista invitado

Catalina Ruiz Navarro no sabe leer a Gabriel García Márquez

Por Juan David Torres Duarte *

Catalina Ruiz Navarro acaba de dar una clase ejemplar de cómo se pueden acomodar los hechos a una interpretación prejuiciosa. En su columna de este miércoles, Ruiz Navarro critica al Ministerio de Cultura por haber dejado a las escritoras colombianas por fuera de una serie de charlas sobre la literatura nacional que se darán en Francia. La crítica ante el error del Ministerio es ineludible: cometió una estupidez insalvable. Sin embargo, para probar su punto, Ruiz Navarro carga —porque sí— contra el supuesto machismo literario de García Márquez, una prueba de que desconoce por completo su obra y de que no tiene ni idea de literatura.

En el cuarto párrafo, Ruiz Navarro escribe: “Basta observar por un segundo a las mujeres que construye en su literatura nuestro adorado Gabriel García Márquez para ver que todas son musas, mozas o madres. (…) Que no se nos olvide que en Cien años de soledad a Remedios Moscote la casan cuando sólo tiene nueve años y muere luego de que Aureliano Buendía la viola (a esa edad, es violación) y la preña. Sobre Remedios la Bella se podría escribir un largo ensayo sobre la mirada predadora masculina y el acoso”.

Esas tres oraciones son de una ignorancia excesiva: sólo quien ha hojeado los libros de García Márquez sin atención alguna sería capaz de aseverar que todos sus personajes femeninos son “musas, mozas o madres”. ¿Por qué no recuerda a Pilar Ternera, la prostituta más digna de todo el Caribe? ¿Por qué no recuerda a la Mamá Grande, “soberana absoluta del reino de Macondo”, un retrato genial del poder femenino? ¿Qué diría Ruiz Navarro de Úrsula que, además de ser madre —a propósito, ¿qué tiene de malo ser madre?—, es la sobreviviente eterna, por su voluntad y por su fuerza, ante la debacle de Macondo?  ¿Y qué nos diría sobre Ángela Vicario, uno de los personajes principales de Crónica de una muerte anunciada, esa novela que Carolina Sanín calificó hace poco en Arcadia como “la mejor novela feminista que se ha escrito en América Latina”? ¿Qué tal si en su columna se hubiera tomado el trabajo de analizar también la pena que Rebeca Buendía enfrenta con decisión, la voluntad de fierro de Amaranta Úrsula y la resistencia de Isabel en La hojarasca? ¿Se olvidó de la tenacidad de la Cándida Eréndira?

En cambio, su interpretación es totalitaria: reduce a todos los personajes a sus papeles de “madre, musa o moza”. Eso es el totalitarismo, como señaló Kundera: ignorar que existen otras facetas de la vida. Es ella quien les otorga sólo ese papel y las ve sólo de ese modo, aunque en el papel tengan una riqueza infinita de dimensiones. Es ella quien decide evitarlas y formular, en cambio, un análisis moralista y pobre que habrían incluido en el Índice Católico de los Libros Prohibidos si aún existiera. Por eso le resultan muy convenientes las exégesis retorcidas de Remedios Moscote —un ejemplo, además, formulado a medias— y de Remedios La Bella para su tesis de García Márquez, el macho incontrolable. ¿Ruiz Navarro decidió dejar de lado el aura de empoderamiento que tiene Remedios La Bella, por completo desinteresada en ajustarse a las normas que determinan su comportamiento correcto como mujer? La columnista faltó a una regla de principiante de la escritura: documentarse. Tal vez sucumbió ante la peste del olvido.

Su columna se basa, además, en otros postulados tercos y sin fondo. Ruiz Navarro pone el ejemplo de Remedios Moscote como una manera de avisarnos que, si García Márquez lo escribe en su libro, es porque él mismo lo aprueba. Por ende, García Márquez, además de ser un machista, resulta siendo un encubridor de violadores. Pero no es más que otra prueba de que desconoce los procedimientos literarios: que un escritor de ficción describa una situación de ese calibre no significa que esté de acuerdo con ella, ni la apruebe, ni la glorifique. La representación literaria no implica complicidad. De hecho, la muerte de Remedios, luego de haber sido desprendida de su familia a una edad tan tierna, puede ser interpretada como el castigo merecido al que será sometido Aureliano durante toda su vida, a esa tristeza sin límites que lo dejará vagando por siempre. Pero su interpretación torcida, en cambio, encaja perfecto en la tesis que defiende: como vemos que Aureliano tiene sexo con una niña de nueve años, entonces García Márquez se convierte en mecenas de la perversión.

Bravo. Bravísimo.

Sus desatinos solemnes persisten (los comentarios entre paréntesis son míos): “Tan machista era Gabo que en su verde vejez (¡verde vejez! De seguro tiene pruebas suficientes para sustentarlo) tuvo el nervio de escribir las Memorias de mis putas tristes, que además de ser un irrespeto simbólico (porque el grado de respeto determina la calidad de una obra literaria) a su fiel esposa, Mercedes, que literalmente lo mantuvo para que escribiera su gran obra, es una fan fiction de La casa de las bellas durmientes de Kawabata, que cuenta la historia de una suerte de prostíbulo a donde los viejos verdes impotentes van a restregársele a doncellas dormidas, es decir, es un libro sobre violaciones”.

En ese párrafo, Ruiz Navarro deslumbra con otro golpe de su experticia literaria: además de que juzga Memorias de mis putas tristes como un diario de vida de García Márquez (que no lo es, es una novela, es decir, ficción, es decir, reinterpretación de la realidad a partir de la fantasía, es decir, está equivocada y mejor que vuelva a leer la novela), abofetea a Kawabata sólo por haber escrito un libro sobre violaciones. ¿Y acaso no se pueden escribir libros sobre ese tema? ¿Está vedado? Tal vez Ruiz Navarro podría contarnos qué temas pueden tocar los escritores de ficción y qué, más bien, deberían mantener escondido. Esa forma sutil de censura estética no le queda muy bien a alguien que se ha declarado feminista y, por lo tanto, protectora de los derechos y libertades básicas.

Toda su confusión inaudita y prejuiciosa parte de un punto debatido hasta el cansancio: Ruiz Navarro supone de manera ingenua que el escritor es lo mismo que su obra. Si lo juzgamos a él, podemos juzgar toda su obra (pobre Dostoiévski). En ese mismo párrafo, la columnista escribe: “Gabo habrá sido muy buen escritor, pero eso no quita lo machista”. Más allá de que hubiera sido machista o no (de nuevo, una acusación que ella jamás sustenta), los libros de García Márquez no dependen de la personalidad de su escritor, porque en la ficción (y esta es una lección básica de la que Ruiz Navarro prescindió o que nunca quiso tener en cuenta) se forman numerosas personalidades, el yo se ramifica, se expande hasta la desaparición, y al final ya no es posible decir si la vida creó la literatura o la literatura creó la vida. La literatura no va en un solo camino, como quisiera cualquier dogmático: es el camino de los desvíos.

Las novelas de García Márquez, como las de cualquier otro escritor dedicado, no son autobiografías: son realidades independientes, mundos que se sostienen por sí mismos, que reflejan de una manera estética (es decir, decantada y determinada por cierta técnica) aquello que existe afuera y también aquello que no. Es un juego de la imaginación —libre, merodeadora— que se tropieza con la realidad. Por eso, ni las novelas ni ningún arte deben postrarse ante la policía moral. En efecto, a Remedios Moscote la violaron, la casaron en contra de su voluntad. Pero eso es ver la mitad del cuento: uno de los derechos del escritor es justamente reflejar aquello que está fuera con delicadeza, con maestría. ¿Vamos a decir entonces que García Márquez aprobaba la Masacre de las Bananeras porque la representó en Cien años de soledad? ¿Se atrevería Ruiz Navarro a decirle a Joyce que es un puerco sin sentimientos por haber puesto a uno de sus personajes, Leopold Bloom, a limpiarse el trasero con la publicación de un poema de uno de sus escritores enemigos?

No es posible juzgar de manera equilibrada a un escritor con base en criterios morales, en categorías de los estudios de género o en el feminismo, como lo hace Ruiz Navarro (que evita la discusión real, la estética): hacerlo significa, de entrada, despreciar su valor narrativo, documental, literario y estético; aquello que, en últimas, es el don singular de la literatura. Sería como calzarle a una hormiga un zapato para elefante. El resultado siempre será una interpretación errada y, sobre todo, incompleta. Una obra literaria es un producto estético y debe ser juzgada bajo esos criterios (que son móviles e inestables, contrario al dogmatismo de los paradigmas, y allí radica su belleza). Sin embargo, si Ruiz Navarro insiste en su yerro, le propongo otro argumento para su lista: García Márquez era un inclemente asesino de la fauna nacional porque llenó un baño entero con mariposas amarillas en extinción.

*Periodista de El Espectador

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

La justicia en Colombia sufre

La importancia de investigar sobre malaria

Razones para no votar a ciegas

Una reforma urgente y necesaria

La resistencia colombiana