Por: Arturo Charria

El camino de la poesía

En memoria de Enrique Gaitán, S. J.

“La poesía no es un camino, es el camino”, solía decirnos el padre Gaitán en las clases de Semiótica. Luego recitaba el mismo poema que repetía clase tras clase y que muchos aprendimos de memoria:

Que es prosa la vida

No sé, yo puse a la mía

Cadencia de verso

Y suena muy bien

Siempre pensé que era su manera de relacionar la religión con la literatura: repetía ese poema como si fuera una oración. Durante esos segundos el padre Gaitán se desprendía del salón de clases, de su tablero lleno de apuntes de colores, de su rol de profesor y entraba en un trance místico propio de Teresa de Jesús. Además, llenaba de sentido eso que llamábamos literatura y que quizá no lográbamos comprender más allá del gusto por las palabras.

Yo seguía al pie de la letra la recomendación del padre y quise llenar de poesía mi camino, al menos el que separaba mi casa de la universidad. Siempre viví en el mismo lugar y la distancia a pie eran 15 minutos, un privilegio que tenemos los estudiantes de provincia. El método era sencillo: buscaba un libro de un poeta que me gustara o un poema que hubiera escuchado a través de un compañero o un profesor, y emprendía el camino. La meta consistía en aprender un verso en cada trayecto, nada complejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé”, me aprendía de ida, y luego de vuelta: “Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos”.

Yo entendía que “el camino” al que se refería el padre Gaitán era otro. Sin embargo, fue convirtiéndose en una manera diferente de transitar una distancia recurrente por la que hace tiempo había perdido cualquier interés. Mientras caminaba buscaba en el rostro de los transeúntes y en las formas de los edificios el sentido de las palabras que iba repitiendo. Todo comenzó como un juego, en una semana podía aprender diez versos: cinco de ida y cinco de vuelta. Claro está, esos cálculos estaban sometidos a las contingencias de los viernes por la noche, los lunes festivos o los afanes de una mañana que tenía examen a primera hora. De manera que en dos semanas podía recitar sin dificultad un soneto de Borges: “Las traslúcidas manos del judío / labran en la penumbra los cristales / y la tarde que muere es miedo y frío. / (Las tardes a las tardes son iguales)”.

Después comprendí que no sólo se trataba de memorizar versos de poemas que me gustaban, sino que era una forma de rumiar aquellos que inexplicablemente resonaban en mi imaginación y cuyo sentido no lograba capturar totalmente. Esos versos herméticos que sentimos profundos y personales, pero que sólo podemos descifrar en ciertos momentos de la vida. Entonces de ida y de vuelta repetía, por el simple placer del sonido de las palabras en mi cabeza, aquel sonoro poema de Girondo: “mi li / mi lubidulia / mi golosidalove / mi lu tan luz tan tu que me / elucielabisma / y descentratelura”.

Sin darme cuenta, estaba acumulando las preguntas y las formas de entender ciertos pasajes de una existencia que estaba por venir. Así, a través de unos versos que guardaba en mi memoria de Barba Jacob, una tarde de mayo supe del sentido que tiene la adultez y de las concesiones que hacemos en la vida: “Hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres / como en las noches lúgubres el llanto del pinar: / el alma gime entonces bajo el dolor del mundo / y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar”.

Esa tarde comprendí, de regreso a casa y con la gastada luz de los días laborales, que la poesía “es el camino”, como solía decir el padre Gaitán, con su ronca voz de metales en movimiento. Entendí por primera vez, después de tantos años, el sentido y la hondura que tenían los versos de Barba Jacob y no tuve otra alternativa que seguir caminando, mientras repetía, una y otra vez, que hay días, hay días, hay días…

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