
Si usted ha llenado el tanque de su vehículo en los últimos meses ya lo sintió sin saber por qué: el barril de petróleo Brent cerró el martes en USD 108,61, el nivel más alto desde mayo, y el viernes Arabia Saudita cerró uno de sus oleoductos más importantes tras una serie de ataques. El crudo llegó a tocar los USD 108 el lunes.
Ninguna de esas dos frases parece tener que ver con la fila del surtidor en Bogotá. Las dos, sin embargo, explican por qué el Gobierno le debe hoy a Ecopetrol más de COP 6 billones por subsidiar la gasolina que usted compró, y por qué, al mismo tiempo, esa misma alza es la razón por la que las utilidades de la petrolera se multiplicaron por más de tres en un año. Colombia exporta petróleo y también lo subsidia. Cuando el barril sube, gana por un lado y pierde por el otro, y ambos efectos le llegan al mismo bolsillo.
Todo esto arrancó hace más de seis meses, cuando el estancamiento de las negociaciones entre Estados Unidos e Irán se convirtió en guerra abierta y más de 10 millones de barriles diarios de producción del Golfo quedaron paralizados por el riesgo de seguridad. Desde entonces, el crudo ha subido más de 75 % en lo que va del año.
El viernes 12 de septiembre, nuevos ataques obligaron a Arabia Saudita a detener el oleoducto Este-Oeste (una ruta con capacidad para mover 7 millones de barriles diarios, clave porque permite esquivar el estrecho de Ormuz) sin fecha de reanudación. Las reservas almacenadas en el puerto de Yanbú, en el extremo occidental del oleoducto, podrían sostener las exportaciones entre cinco y siete días. Más allá de eso, advierte a Bloomberg Suvro Sarkar, del DBS Bank, se vendría una "enorme disrupción" que podría llevar el barril a probar los USD 120.
Ese mismo viernes se aplazó, además, una reunión entre Irán y varios países del Golfo para crear una vía marítima alterna a través de Ormuz: Baréin no asistió, y Arabia Saudita tenía reservas sobre el plan. A la incertidumbre por el crudo se suma ahora la de los huthíes, que avanzan por la costa del mar Rojo de Yemen y podrían controlar también el estrecho de Bab el-Mandeb, el otro paso marítimo que hoy sostiene buena parte del comercio de petróleo del mundo.
Los números del petróleo
El informe de septiembre de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA) confirma que esto no es un sobresalto pasajero. La producción mundial cayó 1,6 millones de barriles diarios en agosto, hasta 100,1 millones de barriles diarios, y la EIA ya no espera que el Golfo se recupere este año: aplazó esa recuperación a 2027. La demanda, por su parte, caerá 2,5 millones de barriles diarios en 2026 (940.000 más de lo calculado el mes pasado), concentrada en destilados medios y petroquímicos, sobre todo en Asia.
El síntoma más agudo no está en el crudo, sino en lo que sale de él. El gasóleo (el diésel, que mueve camiones, tractores y buena parte de la industria mundial) superó los USD 200 por barril en Estados Unidos a comienzos de septiembre, 94 % por encima de los niveles previos a la guerra. Las exportaciones de productos refinados del Golfo siguen casi 60 % por debajo de las de febrero. Y las existencias mundiales de petróleo han caído en 507 millones de barriles desde que empezó el conflicto, un colchón que se agota mes a mes y que, hasta ahora, ha sido lo único que ha evitado un desabasto declarado.
La grieta que se abre en la OPEP
Mientras el mercado físico se aprieta, el cártel que en teoría debería administrar la escasez se desmorona por dentro. Emiratos Árabes Unidos ya salió de la OPEP hace cuatro meses. Ahora Venezuela, uno de los cinco países fundadores de la organización en 1960, evalúa hacer lo mismo, en medio de su acercamiento con Washington.
Desde que Estados Unidos tomó control de la venta de petróleo venezolano, los negociadores de ambos países discuten un contrato de arrendamiento de hasta 100 años para varios yacimientos. Dada la producción actual de Venezuela (1,16 millones de barriles diarios en julio, menos de la mitad de lo que bombeaba hace una década), su salida no movería el mercado por sí sola. Pero sí acelera una pregunta que ya ronda desde hace meses: si la OPEP+ puede seguir influyendo en los precios cuando sus propios anuncios pesan menos.
Ese fue justamente el problema con el aumento de cuotas que la OPEP+ aprobó en junio, unos 188.000 barriles diarios adicionales para julio, el mismo monto que el mes anterior. Sobre el papel, siete países liderados por Arabia Saudita habían subido su meta de producción en 800.000 barriles diarios desde abril. Casi nada de eso se pudo bombear porque la capacidad ociosa está justo en el Golfo, donde la guerra bloquea las exportaciones. "No significa gran cosa mientras el estrecho de Ormuz siga cerrado", resumió entonces Jorge León, de Rystad Energy: más una señal política que un impulso real a la oferta.
Ecopetrol, la cara feliz de la crisis
Para Colombia, el primer efecto de todo esto tiene nombre y cifras concretas.
Ecopetrol reportó en el segundo trimestre su mejor resultado desde finales de 2022: ingresos por COP 40,2 billones, ebitda de COP 17,7 billones y una utilidad neta de COP 6,1 billones, un salto de 235 % frente al mismo periodo de 2025. Según ha explicado la propia compañía, cada dólar que sube el Brent le suma a Ecopetrol cerca de COP 300.000 millones en caja, entre COP 750.000 y 800.000 millones en ebitda, y entre COP 350.000 y 400.000 millones en utilidad.
Solo el efecto de la guerra sobre el precio del crudo le sumó COP 7,6 billones en utilidades en el trimestre, aunque la revaluación del peso, que ronda el 20 % en lo que va del año, y la carga tributaria le restaron cerca de 3,2 billones.
Esa especie de bonanza convive con una compañía en plena reorganización de su cúpula. Ricardo Roa, presidente durante buena parte de los últimos tres años e imputado por presunto tráfico de influencias y violación de topes electorales, dejó definitivamente el cargo el 30 de julio.
En menos de tres semanas, Ecopetrol reportó salidas o encargos en al menos siete vicepresidencias (desde Ciencia y Tecnología hasta Comercial y Mercadeo), en paralelo con la renovación completa de la junta directiva.
Los buenos resultados financieros, en otras palabras, llegan justo cuando la compañía más los necesita para sostener la narrativa de estabilidad frente a ese recambio.
La factura pendiente en el surtidor
El otro lado de la moneda es fiscal, y ahí el resultado se invierte. Colombia no traslada al consumidor el precio internacional completo de la gasolina ni del diésel, pues el Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC) puede cubrir la diferencia, que se ha vuelto más costosa mientras más sube el barril. La deuda del Estado con Ecopetrol por ese concepto ya suma COP 6 billones en lo corrido del año, y el presupuesto de 2027 contempla COP 9,6 billones adicionales solo para atenderla.
Es la otra cara de los mismos dólares que hoy engordan las utilidades de la petrolera: cuando el crudo sube, el Estado gana más por regalías e impuestos, pero también debe más por el subsidio que sostiene el precio en el surtidor, a menos de que iguale los precios internacionales.
A eso se suma un efecto cambiario: la mayor entrada de dólares por exportaciones petroleras presiona a la baja la tasa de cambio, en momentos en que, según advirtió el presidente de la Andi, Bruce Mac Master, esta semana, la tasa ya se encuentra "especial y preocupantemente baja".
Mac Master aglutinó en cinco puntos lo que está en juego para el sector privado: mayores costos para las industrias que dependen de hidrocarburos y energía como insumo; más ingresos fiscales vía regalías e impuestos de Ecopetrol; una tasa de cambio más presionada; presión al alza sobre los combustibles, con el diésel obligando potencialmente a un mayor subsidio estatal; y, el más incómodo de los cinco, que Colombia hoy importa más hidrocarburos de los que debería producir, y los está pagando a precios de guerra.
¿Qué sigue?
La EIA todavía proyecta una salida: si el Golfo normaliza sus flujos, el Brent podría bajar a un promedio de USD 74 en 2027, y la producción mundial repuntaría en 8 millones de barriles diarios. Pero esa proyección depende enteramente de algo que, seis meses después, sigue sin ocurrir: que Estados Unidos e Irán se sienten a cerrar la guerra, y que el estrecho de Ormuz vuelva a ser lo que era antes de febrero.
Mientras eso no pase, cada barril que sube seguirá siendo, para Colombia, una buena y una mala noticia al mismo tiempo, y la pregunta de cuál de las dos pesa más dependerá de si usted trabaja en la industria petrolera o simplemente ve pasar los titulares mientras llena el tanque.
💰📈💱 ¿Ya se enteró de las últimas noticias económicas? Lo invitamos a verlas en El Espectador.