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¿Prohibir el celular en colegios sirve? Lo que dice (y lo que no recomienda) la ciencia

La resolución de la Secretaría de Bogotá de restringir el uso de celulares en los colegios privados y públicos y los resultados de las pruebas PISA volvieron a poner sobre la mesa una pregunta: ¿qué hacer con los celulares dentro de las aulas? ¿Qué han encontrado las investigaciones y qué sugieren especialistas?

16 de septiembre de 2026 - 01:23 p. m.
Según las recomendaciones del ICBF, el uso autónomo de celulares se sugiere a partir de los 14 años, previamente a esto se recomienda el acompañamiento de adultos.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Justo cuando los recientes resultados de las pruebas PISA 2025 han reabierto el debate sobre el uso que los jóvenes están dando a la tecnología y la inteligencia artificial en sus procesos de aprendizaje, así como sus posibles efectos en la capacidad de lectura, Bogotá acaba de sumarse a la lista de ciudades en el mundo que restringen el uso de celulares y otros dispositivos móviles en las aulas. La Secretaría de Educación dejó en firme la resolución “(Re)conectarnos para aprender”, que les da a los colegios públicos y privados seis meses para implementar las nuevas reglas sobre su uso durante la jornada escolar.

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Los datos recopilados por la OCDE en PISA 2025 muestran que, en promedio, el 28 % de los estudiantes de 15 años reportó que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de ciencias. En Colombia, la proporción asciende al 36 %. La alerta está, sin embargo, en el desempeño: según la OCDE, en más de dos tercios de los países y economías con datos disponibles, una mayor distracción digital en las clases de ciencias está asociada con un menor rendimiento en esta materia.

Laura Stipanovic, oficial de incidencias y alianzas del Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo de la UNESCO, recuerda el momento en que el uso de dispositivos tecnológicos se convirtió en una preocupación central para expertos y académicos: la pandemia de covid-19 fue el punto de inflexión. Con el cierre de los colegios, millones de niños y niñas empezaron a utilizar celulares y otros dispositivos como una herramienta para continuar y complementar la educación.

Una lectura similar hizo, en un artículo reciente, Isabel Segovia, exsecretaria de Educación de Bogotá. El problema, advertía, es que esa transición también instaló la idea de que estos dispositivos podían convertirse en una forma habitual de aprender. “Es una nueva forma de aprendizaje nociva”, decía.

Con este panorama, ¿la decisión de Bogotá de restringir el uso de estos dispositivos podría tener algún sentido? Lo primero que explica Valtecir Mendes, jefe de Educación Especialista senior de la UNESCO, es que las restricciones a estos dispositivos han aumentado en distintos países. En un informe publicado en 2023, la entidad encontró que casi uno de cada cuatro países había adoptado leyes o políticas para prohibir el uso de teléfonos inteligentes en las escuelas, aunque con distintos alcances y niveles de aplicación. Hoy, tres años después, ya son 114 los sistemas educativos del mundo que cuentan con algún tipo de prohibición. Esto, sin embargo, dice Mendes, “no significa que haya consenso sobre si funciona o no”.

Cuando la UNESCO habla de restringir su uso, se refiere principalmente a aquellos usos que no tienen un propósito pedagógico. Es decir, explica Mendes, no se trata necesariamente de sacar los celulares de las aulas, sino de evitar que se conviertan en una fuente de distracción cuando no están contribuyendo al aprendizaje.

“No es reducir la libertad”, cree Mendes, sino “regular cuando no está ayudando al aprendizaje”. En esa línea, la propuesta de la agencia de la ONU para la educación se ha centrado en establecer una serie de guías que permitan aprovechar estas herramientas de manera adecuada en los espacios educativos.

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Sin embargo, el debate ha estado precisamente en cómo establecer ese límite: cuándo un celular puede ser una herramienta para aprender y cuándo termina convirtiéndose en una distracción. Y, en ese segundo caso, sí restringirlo de manera amplia, incluso hasta llegar a prohibirlo, puede ser útil de alguna manera.

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Los efectos del uso de celulares en la salud de los niños y niñas

Las primeras normativas que implementaron los sistemas educativos limitaban el uso del celular durante las clases, pero lo permitían en el descanso. Esa solución tuvo consecuencias no previstas.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

La primera pregunta que han buscado responder expertos y pedagogos es qué efectos tiene el uso excesivo de estos dispositivos en el aprendizaje de niños y adolescentes. Gloria María Naranjo, profesora de Educación de la Universidad de los Andes, cree que todavía “no estamos dimensionando los riesgos y las afectaciones que tienen estos dispositivos”.

Los problemas en la concentración y en el rendimiento académico que se han estado reportando, para ella, son hasta ahora la punta del iceberg. “Tienen afectaciones cerebrales y terminan con problemas de concentración, de análisis y de memoria a corto plazo”, añade.

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Por un lado, la evidencia sobre los efectos negativos del uso de pantallas en la salud todavía está en construcción y no permite establecer una relación causal para todos los problemas que se han asociado con ellas. Sí existen, hasta el momento, señales de posibles efectos tanto en la salud física como en la salud mental.

Por ejemplo, investigadores de la Universidad Católica Australiana revisaron la literatura científica disponible sobre los efectos del uso de pantallas en la salud física y mental de niños y niñas. Los resultados, publicados durante 2024 en la revista Nature Human Behaviour, encontraron algunas asociaciones, como un mayor riesgo de obesidad, depresión, dificultades en el desarrollo y problemas psicosociales. Pero hicieron una precisión: estas asociaciones, en general, eran pequeñas o moderadas y dependían de factores como cuánto tiempo se utilizaban las pantallas, cómo se usaban y para qué.

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Debido a eso, las recomendaciones sobre el tiempo de exposición también varían. La Asociación Española de Pediatría plantea que entre los 7 y los 12 años el uso de dispositivos digitales debería limitarse a un máximo de una hora al día, mientras que entre los 13 y los 16 años recomienda hasta dos horas diarias. La Academia Americana de Pediatría, por su parte, ya no establece un número universal de horas para los niños y adolescentes mayores de seis años; en su lugar, recomienda que las familias elaboren planes que tengan en cuenta la edad, las necesidades, el sueño, la actividad física, las tareas escolares y el tipo de contenido que consumen.

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La OMS, a su vez, establece recomendaciones más estrictas para los niños pequeños. Para los menores de 2 años desaconseja el tiempo sedentario frente a pantallas, mientras que para aquellos entre 2 y 4 años sugiere que no supere una hora al día y advierte que cuanto menos tiempo pasen frente a las pantallas, mejor.

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Más allá de las asociaciones entre el uso de las pantallas y distintos problemas de salud, la evidencia científica parece ser un poco más consistente cuando se habla de atención y aprendizaje. Hay estudios que han encontrado relaciones entre el uso de estos dispositivos y dificultades para mantener la concentración. También existen investigaciones experimentales que permiten observar de manera directa qué ocurre cuando un celular está disponible durante una clase.

Una de las principales fuentes de distracción son las notificaciones. Durante 2023, la organización Common Sense se dio a la tarea de monitorear cómo utilizan sus teléfonos los adolescentes y analizó los datos de 203 jóvenes. Encontró que la mitad de los participantes recibía al menos 237 notificaciones y que cerca de una cuarta parte, alrededor del 23 %, llegaba justamente durante el horario escolar.

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El problema con las notificaciones en los colegios, comenta Stipanovic, magíster en investigación en Estudios Políticos, es la interrupción que generan. Después de responder alguna de ellas, recuperar la concentración toma tiempo. “Con dos notificaciones que reciba, ya perdió toda la atención de la clase”, sentencia.

Otro estudio publicado en 2012 en Computers & Education encuestó a 1.839 estudiantes universitarios para conocer cómo utilizaban distintas tecnologías mientras realizaban actividades académicas. Encontraron que era frecuente que los estudiantes revisaran Facebook, enviaran mensajes de texto, buscaran contenidos no relacionados con sus cursos o utilizaran el celular mientras hacían sus tareas. En particular, el uso de Facebook y los mensajes se asociaron con calificaciones más bajas. Estas interrupciones, plantearon, pueden sobrecargar la capacidad de procesamiento cognitivo y dificultar un aprendizaje más profundo, y advirtieron que las consecuencias dependían del tipo y del propósito del uso de las TIC.

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Laura Arbeláez, investigadora del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana, agrega otra posible consecuencia de la distracción: la interrupción del canal de aprendizaje óptimo. “Si yo tengo todo el tiempo un dispositivo al lado que me distrae”, dice, “no hay un canal de aprendizaje y ahí es donde se pierden las ganancias en este proceso”.

Con canal de aprendizaje, la académica se refiere a la vía de atención que conecta lo que el profesor enseña con lo que el estudiante realmente logra procesar y aprender; cuando esa vía se interrumpe constantemente por el celular, el conocimiento no logra ‘entrar’, sin importar qué tan bien enseñe el docente.

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De hecho, un experimento publicado en 2025 en la revista Information Systems Research permite dimensionar un poco mejor ese efecto. Los investigadores buscaban poner a prueba algo simple: ¿qué pasa con el aprendizaje cuando el celular está sobre el pupitre? Para ello, armaron dos experimentos aleatorios consecutivos con más de 1.000 estudiantes de entre 14 y 23 años de una escuela vocacional en China y los asignaron al azar a distintas condiciones durante la misma clase. En algunos grupos el celular estaba prohibido; en otros, podían usarlo libremente y sin ninguna instrucción del profesor; y, en un último, contaban con las indicaciones del docente para fines pedagógicos.

Los resultados muestran que no todos los usos pesan igual. Cuando el celular quedó disponible sin ninguna guía, la ganancia de aprendizaje de los estudiantes, medida con pruebas antes y después de cada clase, cayó el equivalente a un 32 % de una desviación estándar frente al grupo sin acceso al dispositivo, en el primer experimento, y un 21 % en el segundo. Pero cuando el profesor orientó ese mismo acceso hacia un fin educativo, el efecto se revirtió: el aprendizaje mejoró un 26 % en el primer experimento y hasta un 41 % en el segundo.

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A pesar de que es una investigación pequeña, la conclusión para Naranjo, también docente de la Universidad de Antioquia (UdeA), es que los jóvenes están creciendo con la idea de que las clases en los colegios deben emular los videos cortos, que duran menos de 60 segundos, y que ese es el nivel de atención que se les puede exigir. Al final, anota, las actividades que requieren mayor concentración, como la lectura, pueden terminar siendo menos atractivas y más difíciles de completar.

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Esa misma investigación en China revela la otra cara de la moneda. Los investigadores analizaron qué había detrás de las diferencias en el rendimiento que sus experimentos arrojaron. Encontraron que no todo el tiempo que los estudiantes pasaban con el celular tenía el mismo efecto: mientras el tiempo dedicado a aprender con el dispositivo estaba asociado con una mejora del rendimiento, el que presentaba alguna distracción tenía un efecto negativo mucho menor. Por eso, cree Stipanovic, de la UNESCO, no se trata de prohibir los celulares de manera indiscriminada, sino de “tener una línea muy clara entre cuando el celular es una distracción y cuando ayuda al aprendizaje”.

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¿Regular o prohibir el uso de celulares?

Hasta el momento, 114 sistemas educativos del mundo han prohibido el uso del celular en las aulas de clase, incluyendo los descansos.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Frente a las posibles consecuencias del uso excesivo de celulares y otros dispositivos, Mendes, de la UNESCO, señala que ha surgido la inquietud en “muchos sistemas de regular o prohibir su uso”. Pero, advierte Stipanovic, también de esta entidad, no existe una respuesta única sobre cuál es la mejor opción. La decisión, explica, depende del contexto y de las necesidades de cada estudiante. Por ejemplo, “no se le puede prohibir a un estudiante con discapacidad un celular. O en zonas, como los países del Pacífico, donde muchos de ellos lo necesitan para tener acceso a la educación”.

Desde que surgieron y se masificaron los celulares, el sector educativo se ha estado preguntando qué hacer con ellos. Mendes recuerda que las primeras normativas que implementaron los sistemas educativos limitaban su uso durante las clases, pero lo permitían en los espacios de descanso.

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Esa solución tuvo un par de consecuencias no previstas. “El avance de las clases se perdía y estaban pensando constantemente en llegar a la hora de descanso”, dice Mendes y recuerda que podían sufrir algo que podía asimilarse a una especie de síndrome de abstinencia. Los maestros y maestras, complementa Stipanovic, comenzaron a observar que el recreo dejó de ser ese espacio de juego y de interacción.

Algunos países fueron ajustando las tuercas de sus regulaciones. En 2021, China estableció que, en principio, los estudiantes no debían llevar sus teléfonos a las escuelas y que, en caso de existir una necesidad justificada, debían quedar bajo custodia de la institución. En Italia, en 2022, el Ministerio de Educación reforzó la prohibición del uso de celulares durante las clases, aunque dejó abierta la posibilidad de utilizarlos con autorización del docente para fines didácticos, inclusivos o formativos. Y en Inglaterra, las directrices más recientes establecen que las escuelas deben ser, por defecto, espacios libres de celulares durante toda la jornada escolar, incluidos los recreos.

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Para Mendes, aunque las prohibiciones han aumentado, no significa que exista un consenso sobre su efectividad. “La evidencia, hasta el momento, es mixta”, anota. Algunos estudios sí han identificado resultados positivos asociados a esa regulación. Es el caso de España, donde una investigación publicada en 2022 en Applied Economic Analysis encontró que, tras las restricciones, los estudiantes de Galicia mejoraron sus resultados en las pruebas PISA de matemáticas y ciencias y se redujeron los casos de acoso escolar entre adolescentes.

Uno de los casos más interesantes, en opinión de Gary Cifuentes, investigador y director de Investigaciones de la Facultad de Educación de la Universidad de los Andes, es el de SMART Schools, como se le llamó a una investigación liderada por la Universidad de Birmingham, en Inglaterra. Los científicos buscaron treinta colegios de secundaria: veinte donde el celular está totalmente prohibido durante la jornada y diez en donde permitían usarlo en ciertos momentos o lugares. Después, encuestaron a 1.227 estudiantes de 12 a 15 años y midieron algunos factores, como qué tan bien se sentían emocionalmente, cuántas horas pasaban en el celular y en redes sociales, cómo dormían y cómo les iba académicamente.

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En los resultados, publicados en The Lancet Regional Health – Europe en 2025, los investigadores concluyeron que prohibir el celular en el colegio, por sí solo, no hizo que los estudiantes estuvieran mejor ni peor. Para Cifuentes, esto muestra que hay otras variables que también entran en juego y que “no basta solo con prohibir”, pues las diferencias en el bienestar entre los estudiantes de colegios con políticas restrictivas y aquellos de instituciones más permisivas fueron moderadas.

Por eso, agrega Hilda Rodríguez Gómez, profesora de la Facultad de Educación de la UdeA, no se trata de “satanizar a las escuelas que prohíban su uso o lo restrinjan”, pues hacerlo también puede llevar a desconocer las condiciones en las que están trabajando los docentes. “A veces se manda el mensaje de que no está preparada para atender a las próximas generaciones y se desconoce lo que pasa por fuera”.

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Con eso, Rodríguez se refiere al papel que juegan las familias y a la cantidad de tiempo que los niños y adolescentes pasan con el celular durante sus horas de ocio. “A veces usamos el celular como la forma de entretener a los niños y niñas para que ocupen el tiempo; luego es muy difícil que en la escuela un profesor se los prohíba”, anota Naranjo.

Esa dimensión también debería, a juicio de Arbeláez, del LEE, hacer parte de las discusiones sobre las normas que se expidan en el país. En Bogotá, los datos de la Secretaría de Educación indican que entre 2025 y 2026 los estudiantes de la ciudad reportaron un uso promedio del celular de nueve horas diarias. Con ese contexto, dice Cifuentes, “prohibirlo solamente en el colegio sin que haya una política de cuidado en el hogar con patrones de interacción sanos en la casa, no sirve de nada”.

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Entre los ejemplos que podían ser referentes en las normas del uso de celular está Noruega, donde los colegios prohibieron el celular de forma escalonada entre 2010 y 2018. Un análisis posterior encontró mejoras en las notas de los estudiantes, sobre todo entre las niñas, una caída de hasta 46 % en el acoso escolar y menos visitas de los jóvenes a especialistas de salud mental. En Florida, Estados Unidos, la prohibición llegó por otra vía y, en 2023, se convirtió en el primer estado del país en imponerla en todos sus colegios públicos.

El balance, según un análisis, fue mixto al principio, pero positivo con el tiempo, pues las suspensiones disciplinarias subieron brevemente durante los primeros meses; sin embargo, bajaron después del primer año, mientras la asistencia escolar y los puntajes en pruebas estandarizadas mejoraron, especialmente en los colegios donde más estudiantes tenían celular.

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De ahí que las recomendaciones de la UNESCO apunten también a un acompañamiento que vaya más allá de la prohibición, con orientaciones para las familias y las comunidades educativas sobre el uso de las pantallas y la seguridad digital. La discusión, apunta Mendes, no puede recaer únicamente en las escuelas: “Hay una responsabilidad sistémica entre todos”.

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Por Paula Casas Mogollon

Escribe temas ambientales y perfiles de las mujeres que trabajan o han trabajado en ciencia. Desde hace dos años maneja el tema editorial de Bibo, la campaña ambiental del periódico. Además, realiza “Supercampeonas”, un formato en video donde se habla de las mujeres en el deporte. PauCasasM pcasas@elespectador.com
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