
Ha pasado un mes desde que, en la mañana del 10 de agosto, Colombia fue sacudida por un terremoto de magnitud 7,4. Edificios enteros, casas y negocios se desplomaron por completo, dejando entre los escombros lo que alguna vez fueron hogares, lugares de trabajo y cientos de recuerdos. Medicina Legal registró las muertes de 331 personas y las cifras del Gobierno hablan de más de 284.000 afectadas.
Pero la tragedia no evitó que miles de personas en ciudades afectadas como Cali (Valle del Cauca) y Pereira (Risaralda) salieran a ayudar a quienes más lo necesitaban y a buscar vida bajo los escombros. Cientos de rescatistas voluntarios y de distintos organismos se volcaron a las calles para buscar a las víctimas del sismo. Muchos de ellos siguen ayudando, ahora de otras formas, porque sostienen que la tragedia continúa. El Espectador los buscó para reconstruir sus historias.
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Abigail Tovar García
Abigail Tovar García guardó en su corazón la esperanza de que entre los escombros del edificio Vanessa, de Cali, donde estuvo como voluntaria, se encontrara a alguien vivo. No ocurrió. “Nunca fue una opción quedarnos quietos. Estuvimos sacando escombros, ayudando en las filas. Fue un trabajo bastante duro. Lamentablemente, no se sacó a nadie con vida. Fueron unos 22 cuerpos recuperados”.
Desde entonces, no ha vuelto a pasar por el lugar donde estuvo durante aquellos días. “Según me dijo la psicóloga, me dio como un shock postraumático”. Tiene 30 años, es técnica en tránsito y seguridad vial y guarnecedora. Dice que el terremoto le enseñó al país que “hay personas maravillosas, dispuestas a pausar su vida para estar donde las necesitan”.

Mariann Sofía Arcos
Se llama Mariann Sofía Arcos, pero le gusta que la llamen Ría. Tiene 22 años y estudia Sociología y Artes Visuales en la Universidad del Valle, en Cali. El día del terremoto, cuando se aseguró de que su familia estuviera bien y dimensionó la magnitud de la tragedia, tomó su bicicleta y salió a repartir implementos por Cali. “Lo primero que empecé a comprar fueron guantes, tapabocas y gafas. Empecé a repartir por todos los puntos que podía”.
No quería “quedarse quieta” mientras había personas atrapadas entre los escombros. “El primer día fue muy crítico. Yo lo sentí como muy apocalíptico”, recordó. Desde hace años hace trabajo comunitario y forma parte de un colectivo feminista, en el que organizaron kits de salud menstrual para mujeres afectadas por el terremoto. “Aprendí que el pueblo salva al pueblo”.
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Roosevelt Valencia Mosquera
Roosevelt Valencia Mosquera tiene 32 años. Es oriundo de Buenaventura (Valle del Cauca), pero hace 16 años vive en Cali. Tras el terremoto, comenzó a poner sus conocimientos como arquitecto al servicio de los afectados. “Mi objetivo era socorrer a la gente. Traté de buscar información y apoyarme en los cuerpos de rescate y en los bomberos. Empezamos a hacer censos y armamos un grupo de arquitectos voluntarios e ingenieros de rescate”, señaló.
Un mes después del terremoto, Roosevelt busca seguir ayudando: “Decidimos hacer evaluaciones técnico-visuales de las edificaciones que quedaron de pie, pero que se ven muy afectadas, principalmente de forma gratuita para los estratos uno, dos y tres. De todo esto he aprendido a sentir la vulnerabilidad de otras personas como propia”.

Jose Castillo Ocampo
“Cuando uno fue bombero, nunca deja de serlo”; esa es la consigna de Jose Castillo Ocampo, de 46 años, quien, aunque ya no hace parte de la institución, atendió la emergencia desde Pereira junto a su compañero de cuatro patas, Duk. “Después del terremoto salí directamente para la estación de Bomberos Oficiales, porque sabía que, aunque Duk y yo no estamos vinculados a la institución, podía ser un apoyo valioso para comenzar con los rescates”, narró.
Pese al cansancio, Jose y su perro Duk estuvieron 15 días entre las ruinas, apoyando las labores de búsqueda. “El trabajo en equipo es importantísimo y, como comunidad, debemos aprender que la prevención es importante”, aseguró. Aunque el uniforme puede guardarse, para ellos, la vocación de servir nunca se apaga.
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Santiago Mejía Ossa
Santiago Mejía Ossa, de 26 años, vive en Dosquebradas (Risaralda), pero desde el sismo ha pasado sus días viajando hasta Pereira. “Yo soy psicólogo de profesión e hice el curso de brigadista. Me asignaron a una escuadra de rescatistas y así empezó todo”, dijo. Aunque la emergencia ya cesó, Santiago cree que, para muchas personas, el temblor aún no para.
“Sigo como voluntario psicólogo en la estación de bomberos, apoyando y escuchando a las familias. Muchas personas creen que la gente es apegada a lo material, pero no comprenden que, más allá de ese apego, está el esfuerzo de años y las pérdidas”. Ahora, su meta es clara. Quiere hacer el curso de bombero voluntario para seguir ayudando a quienes lo necesiten. “Hay que desaprender para poder ayudar y aprender de expertos, como los bomberos”, aseguró.

Paola Andrea Tovar Largacha
Durante las primeras dos semanas, Paola Andrea Tovar Largacha se dedicó, como gestora de seguridad y justicia, a acompañar los puntos priorizados, según el nivel de afectación de cada zona, para identificar y reportar necesidades logísticas de Cali. “Validábamos la presencia en el territorio de los enlaces de cada una de las secretarías de la administración”, dijo. Su trabajo fue asegurar que la atención llegara de manera organizada y segura.
Además de esto, parte se enfocó en la reducción de hechos delictivos y en mediar en situaciones que se pudieran dar. “Es impactante ver cómo todo lo que has construido durante tanto tiempo puede transformarse por completo en tan solo 90 segundos. En ese instante no piensas en cosas materiales, en planes a futuro, en las cosas, en los pendientes que tenías”, aseguró.
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Manuela Barrios
“Yo no he sido de viajar mucho últimamente. Soy psicóloga independiente y había decidido ir al Festival Petronio Álvarez”, narró Manuela Barrios. Cuando el terremoto sacudió a Colombia, faltaba un día para su viaje desde Medellín. Aunque cancelaron el evento al que asistiría con una amiga, decidió ir a Cali de todas maneras. Al llegar, se sumó como voluntaria al proyecto Psicólogos Unidos por Cali. El primer día estuvo en Capri.
“Sentí lo inútil que era mi presencia ahí. No sabía qué hacer. Ese día fue mucho trabajo de contención y mi manera de hacerlo fue con abrazos”, relató. Más adelante, su labor se transformó y comenzó a ayudar con la clasificación y el cuidado de los objetos que iban apareciendo entre los escombros, además de acompañar a las personas que llegaban a recuperar algunos de ellos.

Carolina Hernández Cardona
“Me fui para Pereira sin saber si podría volver a entrar a mi casa”. Así recuerda Carolina Hernández Cardona cómo el 10 de agosto decidió viajar desde Medellín a la capital de Risaralda para llevar ayudas y buscar vida debajo de los escombros. Esta veterinaria paisa, de 24 años, tuvo que evacuar su casa, en la que vivía junto a sus dos gatos. Refugiada donde su abuela y viendo que hacían falta manos para buscar a las víctimas del terremoto, le propuso a un amigo viajar a colaborar.
Al llegar a Pereira, la magnitud del desastre le heló los huesos. Quería montar un hospital temporal para mascotas y terminó, durante tres días, ayudando a buscar a las víctimas. Recuperó cuatro cuerpos sin vida. Eso le dejó un aprendizaje claro: “Hay que valorar a las personas, porque no sabemos cuándo se nos viene el mundo encima”.
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Kevin Bedoya Gómez
Kevin Bedoya Gómez vive en Medellín y, tras el terremoto, junto a una amiga, llenó su carro de ayudas humanitarias para llevarlas a Pereira. Llegaron en la madrugada del 11 de agosto y el panorama apenas les dio para descansar un poco. Se dedicaron a repartir sándwiches con chocolate, víveres, agua e implementos de aseo. El joven sintió que no era suficiente y empezó a moverse por la ciudad para ayudar a levantar escombros en busca de sobrevivientes.
Tuvo un fuerte disgusto con una persona que, según narró, engañó a los rescatistas diciendo que debajo de las ruinas de un hotel había cuerpos, pero en realidad buscaban recuperar la caja registradora de un negocio. Pero lo que aprendió de la tragedia fue mayor: “Hay que ayudar al prójimo como a un hermano. Eso Colombia lo tiene claro”, expresó.

Mateo Arroyave Giraldo
“El ser humano está hecho para ayudarse los unos a los otros”, aseguró Mateo Arroyave Giraldo, un joven de 21 años que vivió el sismo en Dosquebradas (Risaralda). Al conocer la situación en Pereira, salió a ayudar a quien lo necesitara. “Me sentía desesperado porque quería hacer algo, sabía que la gente estaba necesitando ayuda allá afuera”, señaló.
Durante la primera semana, Mateo fue voluntario en la Plaza de Bolívar y en el sector de Álamos. Luego, junto con su familia, se dedicó a llevar mercados a comunidades vulnerables. Ahora busca poner su empresa de marketing al servicio de los comerciantes afectados por el terremoto: “Buscamos a personas que necesitaran todo el tema de marketing y publicidad para poder apoyarlos y que salgan adelante”.
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Sebastián Zabala Paz
Cuando recuperó la señal del celular y supo lo que había ocurrido en Cali, Sebastián Zabala Paz sintió la urgencia de ayudar. “Sentía que tenía que ir. Simplemente agarré mis cosas y salí a ayudar”. Tiene 28 años, es caleño y vive en Jamundí. Durante algunos días dejó su rutina como analista de calidad en un call center para retirar escombros, repartir alimentos y agua y apoyar en distintos puntos de la ciudad.
En El Refugio, estuvo en el rescate de una mujer y de un perro. “Cuando escuchamos ese grito, todo el mundo gritó de felicidad. También se sintió un alivio inmenso porque dijimos: ‘estamos haciendo un buen trabajo’”, narró. Para él, la idea de ayudar nace de una reflexión personal sencilla: “Si tengo la fuerza y la posibilidad de ayudar, ¿por qué no hacerlo?”.

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