Es miércoles, día de El Espectador le explica. ¿Por qué se desencadenó una guerra entre Ucrania y Rusia? ¿Qué antecedentes históricos delineaban la relación entre esos dos países? ¿Qué tenía que ver en todo esto Estados Unidos? ¿Y la Organización del Tratado Atlántico Norte, más conocida como la OTAN? ¿Y la Unión Europea? ¿Cómo cambió el tablero tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca? ¿Cómo viven, ahora mismo, las personas que prefirieron no escapar sino quedarse en Ucrania a pesar de la violencia? ¿Será, por fin, tras cuatro años de muertes, el verdadero comienzo del fin de este conflicto armado que tocó de manera directa a millones, pero indirecta al resto del mundo? De eso se trata este boletín, justo cuatro años después de que el mundo entero supiera de las primeras acciones por cuenta de Rusia en territorio ucraniano. Les dejaremos, a continuación, contenidos que hemos publicado para entender toda esta situación, durante estos años de conflicto. Pero si quiere ver todo el hilo, todos y cada uno de nuestros contenidos desde ese día e incluso desde antes, puede hacer clic en este enlace. Comencemos.
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Un poco de contexto. El 24 de febrero de 2022, cuando empezaron a llegar los cables de las agencias internacionales, se confirmó la sospecha que ya venía tomando fuerza: Rusia había atacado a Ucrania y con estas acciones, se formalizaba el escenario bélico del que tanto se había hablado en la comunidad internacional, empezando por la inteligencia estadounidense. Y entonces, con la velocidad de las redes sociales, íbamos viendo casi en directo, ataques contra estamentos militares como bases y aeropuertos, y edificios gubernamentales en donde, con la onda explosiva, resultaban también impactadas escuelas, canales de televisión, parques, estaciones de transporte, hospitales y más. Las teorías de guerra se pusieron en práctica y el presidente de Rusia, Vladimir Putin, defendía sus acciones, mientras el presidente de Ucrania, Volodimir Zelensky, aseguraba que lo que vendría era la defensa de su país.
Quince días antes de que todo esto se activara, escribimos un extenso texto en donde se explicaban todos los detalles del conflicto histórico que tenían esos dos países, pero aquí dejamos una parte que nos permite entender ese contexto: “Los dos, tanto Rusia como Ucrania, fueron parte de la Unión Soviética, pero cuando se disolvió, Ucrania se hizo a un lado y Rusia quiso mantener su influencia sobre el vecino controlando el suministro de gas a bajo precio. Pero la estrategia de Ucrania estaba para el otro lado, hacia Europa, y buscaba en ‘occidente’ algo que nunca le ha gustado a Rusia. Ucrania quería ser parte de la OTAN, teniendo en cuenta que Estados Unidos es el principal jugador de esta organización. Entonces, en dos ocasiones, 2006 y 2009, Rusia le cerró la llave del combustible a Ucrania. Para sumar, en el 2014 Rusia se hizo con Crimea y ocupó esta parte del territorio ucraniano.
Desde Kiev, la capital ucraniana, dijeron en su momento que Crimea había pasado de ser “un centro turístico a una cabeza de puente militar para la expansión de la influencia de la Federación de Rusia”. Y entonces se desató la conocida guerra de trincheras de lado y lado, pero no a la escala de la que vemos ahora mismo. Incluso, en el marco de la celebración de los 70 años del día D de Normandía, nació el Cuarteto de Normandía, compuesto por Rusia, Francia, Alemania y Ucrania, para tratar de limar asperezas. Aunque supuestamente se hablaba del Acuerdo de paz de Minks, solo hasta el 2019 hubo retirada de tropas. Se cree que este conflicto dejó 14.000 muertos. Existía una tregua y se rompió tras la muerte de cuatro soldados ucranianos. Con ese contexto se llegó a finales de 2021, cuando Rusia exigía a EE.UU. que no incluyera a Ucrania en la OTAN, pues esto le abriría la puerta a Kiev para recibir ayuda militar”.
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Pero fue precisamente en 2021 cuando la palabra guerra iba escalando. Ese año Volodimir Zelenski firmó un decreto inédito para el país que sustituía la anterior doctrina militar titulado ‘Sobre la estrategia de seguridad militar en Ucrania’. El documento tenía dos objetivos: blindarse militarmente ante su vecino, Rusia, poniendo fin a la que ellos llamaban “ocupación ilegal”; y acelerar su proceso de ingreso a la OTAN. Rusia no se quedó quieta y movilizó tropas hacia la región del Donbás. Se inició un viaje sin retorno. Rusia, el 24 de febrero de 2022, en la madrugada, comenzó sus bombardeos tácticos. Desde ese mismo instante, la guerra tecnológica, la guerra física, la guerra como un todo, no ha parado.
Putin argumentó que Ucrania era liderada por “nazis” y que era una “nación ficticia” que “no debería existir”. Ucrania, bajo el mando de Zelenski, siempre ha dicho que su país se está defendiendo y que no quería estar bajo la influencia rusa. Y que, si el resto de la Unión Europea no lo apoyaba, esos países serían los siguientes en el objetivo expansionista de Rusia. Los dos ahora lideran una guerra con lo que eso deja en la mitad. Ninguno de los dos ha ganado, aunque Rusia ya controla parte del este de Ucrania en regiones como el Donbás, Zaporiya y Jersón, y Ucrania va recuperando, poco a poco, algunas otras, de acuerdo con lo que vamos viendo en la información que envían los periodistas allí presentes.
No hay cifras oficiales de lo que ha dejado estos cuatro años, pero las no oficiales, como las del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales calculan que las fuerzas rusas han tenido 1.2 millones de bajas, incluyendo muertos, heridos y desaparecidos, lo que se traduce en la mayor pérdida de vidas desde la Segunda Guerra Mundial. Esa misma organización dice que las cifras combinadas de los dos países serían de 2 millones de personas. Se cree que más de 6 millones de personas han sido desplazadas y que 1 de cada 3 niños ha sido afectado directa o indirectamente. Unos 15.000 civiles han muerto en Ucrania.
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Siempre se creyó que Rusia, por su tamaño, potencia y capacidad armamentística, acabaría rápidamente con Ucrania, pero la Unión Europea y el mismo Estados Unidos ha terminado apoyando a Ucrania, lo que le ha permitido resistir. Rusia, que se ha enfrentado a sanciones internacionales de ámbito económico, también ha sentido la presión global y ha visto afectadas sus cifras en materia económica. También ha visto cómo rusos que viven en el exterior condenan la guerra, mientras muchos entrevistados por medios locales, aseguran un respaldo absoluto a Putin. Los soldados que vuelven de la guerra están dispuestos a volver por defender la causa de su mandatario.
Sin embargo, desde la llegada de Donald Trump, el apoyo ha cambiado, pues una de las promesas de su campaña fue el fin de esa guerra, entre otras tantas, como lo que sucede con Israel en Gaza. Incluso vimos una reprimenda, en público, al presidente de Ucrania en la Casa Blanca, en una escena que le dio la vuelta al mundo. El asunto de fondo es que Rusia quiere quedarse con el territorio del Donbás, completo, a lo que Ucrania se niega. “Si Ucrania cede, sus seres queridos habrán muerto por nada”, dicen ucranianos que consideran esto un asunto de honor. La ONU no ha podido frenar este conflicto y esta es una crítica más a lo que se ha llamado la inoperancia de este organismo.
De soldados retirados a mercenarios por necesidad, los colombianos en la guerra de Ucrania
Pero, volvamos un poco al hilo conductor de estos años de conflicto. Desde siempre, es decir, desde que Zelenski ha estado al mando, ha buscado incansablemente ayuda internacional; por eso uno de sus máximos objetivos era lograr que Ucrania entrara a la OTAN. Pero mientras eso sucedía, la mano poderosa de Estados Unidos aparecía siempre extendida. Las noticias de ciudadanos colombianos muertos en esa lejana guerra empezaron a llegar. Se trataba de exmilitares que, en busca de oportunidades laborales, buscaban dinero en conflictos internacionales. Algunos, mercenarios; otros tantos, más bien desempleados acostumbrados a laborar en temas de seguridad.
Brasil movió sus contactos con China para tratar de ayudar en la solución del conflicto. El papa, desde el Vaticano, pedía una y otra vez la paz. Zelenski hablaba con Xi Jinping buscando mediación de China. Antonio Guterres, secretario general de la ONU, advertía que hablar de paz en ese instante “no era posible”, pues ambos bandos creían posible ganar. El Reino Unido le entregaba armas, puntualmente misiles y drones a Ucrania. Se sabía, a mediados de 2023, que Francia “entrenaría y equiparía a varios batallones con decenas de vehículos blindados y tanques ligeros” para Ucrania.
Los portavoces de Kiev le volvían a decir al mundo, empezando por los delegados chinos, que la paz no se canjeaba por territorios. Zelenski no ha parado de tocar puertas. Buscaba en Japón apoyo en medio de la cumbre del G7. Polonia entrenaba pilotos ucranianos. Rusia atacaba una represa: 17.000 personas resultaban afectadas en Kajovka. Se decía -y veía- que Ucrania con “operación silenciosa” llevaba a cabo su contraofensiva. Incluso hablaba de liberar ciudades ocupadas por rusos. Supimos que, hasta el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, había resultado herido en un bombardeo ruso en terreno ucraniano:
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Iba pasando el tiempo y no le abrían la puerta oficial de la OTAN a Ucrania. Diplomáticamente lo apoyaban, pero no iba más allá. “Por ahora no”, le dijeron, mientras Zelenski los señalaba por su “tibieza”. Estados Unidos, que para ese instante estaba bajo el liderazgo de Joe Biden, por medio de Antony Blinken, el entonces secretario de Estado, anunciaba ayuda de US$1.000 millones en visita sorpresa a Ucrania.
Pasaba de todo, incluso más allá de las fronteras donde se libraba la guerra, como por ejemplo el caso de una peligrosa red que engaña a cubanos con trabajo y los reclutaba para la guerra. O que el FBI calificaba como “excesivamente grande” el número de espías rusos en EE. UU. O, por ejemplo, uno que parecía un poco díscolo, pero en el terreno de la guerra ya está probado que todo se vale, como cuando se supo que el próximo objetivo de Putin sería el de moverse por medio de partidos políticos prorrusos para frenar el apoyo estadounidense a Ucrania. A finales de 2023, la noticia era que en EE. UU. congresistas republicanos bloqueaban ayuda para Ucrania y para Israel.
¿«Kiev» o «Kyiv»?
En la previa de los dos años de guerra, Rusia declaraba que Avdiivka estaba completamente bajo su control, Ucrania retiraba sus fuerzas para no perder más vidas, y Trump, para ese instante en campaña, aseguraba que si volvía a la presidencia, sería el primero en no defender a países que no cumplieran con el objetivo de gasto militar en la organización. Fue en ese instante cuando la OTAN le respondió con un dato nunca antes visto precisamente sobre gasto: “Este año, espero que 18 aliados gasten el 2 % del PIB en defensa. Se trata de otra cifra récord y es seis veces más que en 2014, cuando solo tres aliados cumplieron el objetivo”, dijo el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.
Se supo, también, de la caída de un avión ruso que transportaba 65 prisioneros ucranianos que se dirigían hacia una zona de intercambio. El problema, como mucho de lo que sucedía, era que las dos partes se echaban la culpa para no asumir responsabilidades de cara a la comunidad internacional. Y así se llegó a dos años de un conflicto que no tenía, a la vista, una fecha tentativa para terminar:
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La guerra, por supuesto, generó impactos globales en las cadenas de suministro, en los fertilizantes, disparó la inflación, pero después de dos años se estaba volviendo, lamentablemente, “paisaje”, nos decían los reporteros que la han seguido. El presidente de Francia contemplaba enviar tropas, pero la OTAN, en pleno, decía que no. Enviar tropas a Ucrania “no le conviene” a Occidente: le respondía Rusia a Macron, presidente de Francia, en una amenaza directa.
El Ejército de Rusia reclutaba ciudadanos de India para pelear en la guerra. Como el conflicto no tiene límites, Rusia y Ucrania negociaban la devolución de menores separados de sus familias. Putin decía que si “Ucrania se retira del este y deja la idea de la OTAN, ordenaré un cese”. Según el mandatario ruso, 700 mil soldados rusos peleaban en tierras ucranianas. Entre tanto, se sabía que un avión de combate ruso violaba espacio aéreo de Suecia, según fuentes oficiales.
Pasaban más bombardeos, se registraban más bajas, las sirenas de paraban de sonar, ya era costumbre correr hacia los refugios. La vida, un poco en pausa, sin mucho futuro, decían los habitantes que se resistían a salir corriendo de su casa. Se supo de una región rusa que fue atacada por Ucrania en una ofensiva que no parecía posible. En agosto de 2024 la agencia AFP lo publicaba así: “La región rusa de Bélgorod decretó el miércoles el estado de emergencia por los intensos bombardeos de las fuerzas ucranianas, que prosiguen su incursión en la región vecina de Kursk donde reivindicaron haber tomado 74 localidades”.
En noviembre de 2024, Camilo Gómez Forero, escribió: “Los 60 días más tensos del siglo comenzaron con misiles, advertencias nucleares y la sombra de Trump preparando el tablero de la geopolítica global”. Es decir: “Por un lado, Ucrania lanzó misiles de largo alcance de fabricación estadounidense y británica sobre Rusia, apenas horas después de recibir la luz verde de sus principales aliados. Moscú, por su parte, lanzó sobre Dnipro (Ucrania) un misil que ha dejado perplejos a los gobiernos occidentales por la falta de detalles que se conocen sobre este nuevo armamento. Rusia quiere conservar el misterio sobre ese misil. Eso sí: en lo único que coinciden expertos en la materia parece ser que este tenía capacidad nuclear, alimentando más la incertidumbre”.
Y todo esto, ¿por qué? “La razón detrás de toda esta exposición de poder es bastante sencilla: tanto los rusos, con Vladimir Putin a la cabeza, como las potencias occidentales y aliados de Kiev, como Estados Unidos y Reino Unido, están tratando de obtener la mejor posición posible en la guerra ucraniana antes de que Donald Trump vuelva a la Casa Blanca”. Sí, ya se sabía del segundo mandato de Trump y de lo que podría venir con un nuevo gobierno.
Llegamos al tercer año en medio de una especie de bucle, pero con muchas tragedias en la mitad: miles de personas muertas, millones desplazadas, familias destruidas, separadas. Los líderes políticos globales moviendo sus fichas en un tablero mundial del que todos somos parte. Trump hizo sus propias jugadas, hablaba de paz, pero no incluía en la conversación al líder ucraniano:
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El tercer año de guerra comenzó con Trump en el mapa. Justo ese 25 de febrero de 2025 el titular era que “Ucrania cederá el 50 % de sus recursos minerales a EE. UU., pero no logra garantías de apoyo militar”. Gustavo Petro calificó la decisión de Zelenski de “¡Estupidez!”. Mientras tanto, se decía que Corea del Norte habría movilizado más tropas hacia Rusia para enfrentar a Ucrania. Los analistas hablaban de una cercanía entre Trump y Putin. El mundo entero vio la lamentable escena del presidente de Ucrania y del de Estados Unidos: Zelenski se va de la Casa Blanca tras choque con Trump, que lo llamó “irrespetuoso”
Zelenski “no está solo”, dijeron los líderes europeos que lo respaldan; mientras Rusia lo llamó “canalla”. El Reino Unido también apoyó al líder ucraniano. El primer ministro británico, Keir Starmer, y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, hablaban para mediar y tratar de lograr una tregua en el frente de guerra. En Estados Unidos se veía una campaña de los republicanos contra Zelenski e insinuaban que debería renunciar.
Llegó marzo de 2025 y Trump paró el envío de ayuda militar a Ucrania. Rusia lo calificaba como “una contribución a la paz”. Se proponía un nuevo plan de paz en Ucrania, esta vez desde Europa. Lo que sucedió la misma semana fue que la Unión Europea presentó un plan de rearme ante la ruptura de EE. UU. con Ucrania. El asunto es que según el Departamento de Estado de EE. UU., Washington había proporcionado 65.900 millones de dólares en ayuda militar a Ucrania. Que no era poca cosa.
El presidente de Francia dijo que Rusia está en un programa de rearme para aumentar aún más sus fuerzas armadas para 2030 y dejó una pregunta suelta con la angustia que han tenido los europeos desde que todo esto comenzó: “¿Quién puede creer que Rusia se conformará con Ucrania?”. Es, con otras palabras, lo mismo que siempre ha dicho Zelenski. Arabia Saudita aparecía en el mapa como mediador. Marco Rubio, secretario de Estado de EE. UU., decía: “Será difícil para Ucrania obligar a Rusia a volver a la situación de 2014″.
Se reportaba un ataque con drones ucranianos a menos de 20 kilómetros de Moscú. Cinco días después, Ucrania cedió ante Estados Unidos y aceptó una tregua de 30 días con Rusia. Trump aseguraba tener buenas y productivas conversaciones con Putin. Se supo que Trump propuso que EE. UU. controle las plantas nucleares de Ucrania, pero Zelenski rechazó la idea.
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El 19 de marzo de 2025 entró en vigor una tregua pascual de 30 horas anunciada por Putin, pero más temprano que tarde un bombardeo ruso contra Kiev dejó al menos 8 muertos y más de 80 heridos. Y fuimos volviendo, en el resto del mundo, a ver lo mismo que ha pasado desde el día uno: por ejemplo, que el ejército ruso afirmaba que recuperó el control de Kursk y Ucrania lo desmiente. El 30 de abril EE. UU. y Ucrania firmaron el acuerdo sobre recursos naturales tras semanas de tensión. Se sigue en lo mismo: muchos con el interés de medir, de ayudar, pero en el frente de guerra la realidad no cambia.
Por eso les quiero dejar este bloque informativo que hizo nuestra colega María José Noriega Ramírez cuando viajó a Ucrania para reportar en vivo y en directo, pues, como ella lo retrataba allí, en Ucrania todo parece estar en pausa; lo que sí se va sumando son las desgracias y van quedando las cicatrices:
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Video. Y Colombia sí que ha puesto su cuota allí. Por eso les dejo también este último bloque:
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¿En qué vamos, cuatro años después? En que las negociaciones entre Rusia y Ucrania siguen sin avances claros tras nueva jornada en Suiza, en que “con misiles y drones, Rusia lanzó bombardeos letales en Ucrania”, en que el “Kremlin afirma que continuará la guerra y Zelenski asegura que Putin no logró sus objetivos”. Parecen los mismos titulares del primer año, del segundo, del tercero. Mientras tanto, “nadie hace planes de más de un día” en Ucrania. “Las mujeres crían y salen a ganarse la vida mientras esperan a sus esposos, padres o hermanos, quienes están en constante riesgo de perder la vida en el frente”, escribió Antoinette Garzón Gil en este texto especial para El Espectador. Ucrania y Rusia, dos polos opuestos, dos argumentos que, difícilmente, por ahora, quieren escribir y firmar el mismo capítulo, es de la anhelada paz.
¿Qué tema le gustaría que tratáramos la próxima semana? Escríbanos a ebohorquez@elespectador.com